jueves, 20 de julio de 2017

Una pesada corona

Las espadas chocaron una vez más, ya cuando el aliento apenas salía de la boca del joven príncipe Rein Caerdan, futuro sucesor de Corona Blanca. Aquella era una nueva mañana más de entrenamiento, una más en la que no encontraba la motivación suficiente. Por más que se movía, por más que ejecutaba fintas perfectas, por más que golpeaba y sus músculos se tensaban hasta el punto de que la blusa gris sudada que llevaba puesta le molestaba y le hacía sentir apretado, no conseguía vislumbrar esa luz en la rabia, en la adrenalina, no encontraba el ardor que su instructor, Arlon Domas, la Espada del Rey, le exigía -¡Con más garbo, chico!- dijo el hombre, de edad similar a la del rey Hardt, que como siempre, presenciaba junto al consejero el entrenamiento de su hijo -Puedes golpear con más fuerza, puedes hacerlo mejor ¡Un rey debe imponerse sobre los hombres, no sólo con la voluntad ni con la creencia ciega de que una corona te otorga autoridad y poder, debes demostrarlo blandiendo la espada!- los aceros volvieron a chocar de forma repetida mientras Arlon hacía retroceder incansable al príncipe, que se sentía cada vez más y más agotado -¡Vamos o te mataré! ¡Lucha o muere, príncipe cobarde!- vociferaba
-¿No... se está excediendo un poco?- el consejero se rascó incómodo la barbilla
-¿Alguna vez te he contado por qué Arlon es mi Primera Espada, Stark?- preguntó su majestad con mirada poderosa, sin apartar la vista de su hijo
-Reiteradas veces, mi señor- sonrió el consejero -Siempre decís que su ímpetu sólo es comparable con la lealtad que os profesa-
-Efectivamente- asintió el rey -Y sólo él es capaz de formar a Rein como merece-
-Sin embargo no logro si no ver que el príncipe acaba sufriendo cada nuevo día de entrenamiento-
-El sufrimiento nos endurece. No forjas una buena espada sin darle forma a martillazos-
-Quizá Rein no esté hecho para combatir, mi señor- suspiró Stark
-Tiene el cuerpo, los brazos, el torso, los hombros y la espalda. Tiene una musculatura magnífica y una buena agilidad. Este hijo mío sólo necesita mentalizarse sobre la labor que le ocupará dentro de poco-
-¿Poco?- Stark miró a su rey -¿Qué queréis decir? Aún sois joven y estáis sano-
-¿Joven y sano?- sonrió -Ah, Stark, nadie puede conocerte mejor que tú mismo y ese es mi caso. Siento, tengo la sensación, de que el sol de mi reinado empieza a ponerse en el horizonte-
-Sandeces señor... Son sólo malos pensamientos, malos augurios- la conversación se vio interrumpida por un alarido de Rein, que cayó al suelo derribado con una herida horrible en el costado. Un corte diagonal que no dejaba de sangrar. El príncipe se tapaba con una mano la herida, pero la sangre manaba y caía aún entre sus dedos
-¿¡Ya está!?- rugió Arlon -¿¡Eso es todo!?- lanzó una fuerte patada directa a la mandíbula del príncipe, derribándolo. El rey se acercó junto al consejero al lugar donde su hijo había caido derribado. Arlon se apartó con un paso atrás, limpió la hoja ensangrentada de la espada en la manga de su jubón y la envainó. Compartió una mirada momentanea con el rey -No está listo- sentenció el instructor
-Mis ojos aún funcionan lo bastante bien como para haberlo comprobado yo mismo- dijo el rey con tono aburrido
-Padre... yo...- Rein trató de ponerse en pie con cuidado -Lo siento, es sólo que...-
-Arlon, Stark... dejadnos a solas- ordenó secamente el rey. Ambos hombres se retiraron tras una ligera inclinación de cabeza. En el patio de entrenamiento sólo quedaron los cánticos de los pájaros. La mañana parecía estar nublándose por momentos -Rein...-
-¡Lo intento!- declaró el príncipe -¿Qué más puedo hacer? Agh...- se dolió por elevar la voz
-Intentarlo... Ah, Rein, intentarlo a veces no es suficiente- dijo el rey acercándose más a su hijo, levantándole la blusa para ver la herida -Hay tantas cosas que un hombre puede intentar, hijo mío, que si nos basáramos sólo en ello, no habría nada más por hacer en la mera existencia- de su cinturón, el rey extrajo algo de algodón y unas vendas. Comenzó a curar con cuidado la laceración en el costado de su hijo
-¡Padre, sois el rey...!- intentó resistirse Rein
-¿Es quizá esto en lo que he fallado, hijo? ¿En qué momento cometí el error de mostrarte que un rey no puede sanar el dolor de alguien? ¿En qué momento te hice pensar que antes que padre, soy el hombre que lleva la corona?- la mirada profunda y grisacea de Hardt se clavó en los celestes ojos de su hijo
-Yo... sólo intento pensar que...-
-Lo intentas constantemente, todo- dijo comprensivo -Pero debes dejar de intentarlo para directamente actuar, dejarte llevar. Déjame decirte Rein, que por mucho que lo intenté, no conseguí que salvaran la vida de tu madre cuando te dio a luz. Por mucho que intenté apaciguar las rebeliones de los Cuervos con la paz, no lo logré... Intentarlo no es siempre el paso hacia alcanzar un objetivo-
-Pero cuando luchas por algo... lo estás intentando-
-Intentarlo lleva implícito un posible fracaso, Rein, esa es la lección que debes tener en cuenta- finalmente, el rey terminó de apretar las vendas al rededor del torso de su hijo. No tardaron en empañarse con sangre, pero cortaría la hemorragia tarde o temprano -Conforme pasen los años, hijo, tendrás menos oportunidades para intentar nada. Deberás actuar. Hacer, deshacer, o fracasar. El mundo está repleto de hienas traicioneras, víboras hambrientas que aguardan cualquier fallo por pequeño que sea para usurpar el poder... y tú tendrás uno bien importante entre manos. Tendrás Corona Blanca, núcleo de Eregon y Puente de Reinos- Rein bajó la mirada
-¿Cómo puedo lograrlo?-
-Halla tu propósito-
-¿Mi... propósito?-
-Todo ser vivo tiene un propósito Rein y el tuyo aún no está en absoluto claro. Vivir el día a día sin un propósito es igual de inútil que caminar a ciegas. Si no hay una luz en el horizonte que te guíe en tu camino, tarde o temprano, caerás por el vacío- Hardt posó su mano sobre el hombro de su hijo -Descansa por hoy, pero reflexiona en todo cuanto te digo, Rein. El tiempo se acaba. Puedo sentirlo-
-¿Qué quieres decir?-
-Lo comprenderás, ojalá más tarde que pronto-
-¿Padre?- el rey se marchaba -¿Padre? ¿Qué quieres decir?-
-"Cuando los cielos ardan en llamas rojas y la tierra se desvanezca bajo el peso de las sombras. Cuando los mares sean de sangre y el agua se torne magma, el viento será ceniza"- recitó a medias taciturno. Rein lo observó desaparecer ¿Qué le pasaba a su padre?
-"Y alas negras como la noche sin estrellas agitarán nuestros temores, así como su oscura voz atenazará los corazones. En las redes de las tinieblas y bajo los hilos del destino, el hombre hallará su fin en los Vientos de Ceniza"- dijo la amable voz de un hombre cerca del príncipe, acabando la vieja leyenda de los Vientos de Ceniza, una antiquísima canción cuya melodía se había olvidado y ahora simplemente lo llamaban poema o leyenda -Hoy su majestad está un poco siniestro ¿No crees?-
-Galhad...- sonrió Rein
-Tienes mal aspecto, cualquiera diría que te han dado una paliza- se burló
-Te voy a partir la boca, desgraciado- rió el príncipe al capitán de la Guardia de Plata, la guardia real y protectora del castillo
-Sí, sí, no pondré en duda tu destreza- volvió a reir Galhad, que en la intimidad, se permitía el lujo de tutear al príncipe, pues desde hacía ya años eran grandísimos amigos -Y menos pondré en tela de juicio las labores médicas de mi rey, pero creo que debería desinfectarte esa herida y ponerte unas vendas en condiciones. Anda, ven conmigo, Príncipe Bufón- ambos echaron a caminar con unas amplias sonrisas en el rostro. Por fin, pensó Rein, un poco de tranquilidad.

El Trono y la Espada

Los cabellos rubios de la hermosa mujer caían sobre sus hombros en rizos ondulados que bailaron al son del feroz movimiento de cabeza que ejecutó a la hora de alzar la copa para acabarse el vino de una sola sentada. Tan repentino, que aspiró con fuerza para retomar el aliento. Se limpió las lágrimas de los ojos enrojecidos. Acababa de morir su padre, un año después que su hermano. Estaba sola y sobre su cabeza reposaba una tiara plateada -¿Piensas dejar de beber alguna vez?- regañó una furiosa mujer, su madre, la reina, que aún vivía
-Padre falleció anoche. Tu rey, mi rey, perdió la vida anoche...- frunció los labios -¿¡Y ya estás dispuesta a casarte!?- rugió, arrojando la copa contra la pared. El vestido de seda rojo crugió un poco ante el esfuerzo del movimiento
-Una reina debe tener un rey, Dara. Es como...-
-¿El ajedrez? ¿Vas a venirme con esa ridiculez?- contuvo una carcajada burlesca
-Contén tu lengua, hablas con tu madre y tu reina-
-¿Dirás lo mismo a tu próximo eposo? ¿O dejarás que use la lengua como le de la gana para así mantener el reino protegido?- la bofetada restalló hasta en los pasillos. El castillo estaba en completo silencio
-No pienso tolerar... ni una bravata más...- advirtió la reina Ivory. Le temblaba la barbilla al comprobar la furibunda mirada de su hija, a la que adoraba. La única familiar que le quedaba viva -Ojalá... lo pudieses entender. En este ridículo mundo de hombres... las mujeres no tenemos lugar. Como reinas o princesas ¡Incluso como simples campesinas!- vociferó -Sólo somos monedas de cambio, hemos de conocer nuestro lugar. Somos pactos con piernas. No, somos pactos con...-
-Coños- dijo entre dientes Dara, como una serpiente -Así nos ven ¿No es así? Coños, tetas y un culo en el que echar su simiente. Somos griales donde verter el líquido de la vida- apretó los puños -Valemos más... ¡Podemos arreglárnoslas solas!-
-Querida mía...- le acarició la mejilla -Claro que sí... ¿Pero qué puedo hacer...? Tenemos abanderados, vasallos que respetaban a tu padre, a los Vardaryel. Y yo no soy una de ellos- sonrió con tristeza -Adopté el apellido por matrimonio y no tolerarán a una reina extranjera. He de casarme-
-Y coronar a un desgraciado que se aprovecha de la muerte de mi padre ¡Eso no es ser vasallo, es ser una bestia carroñera!-
-He de hacerlo...-
-¿Y le darás descendencia?- preguntó entonces sécamente Dara
-¿Qué...? No sé, yo... creo... que mi vientre no está en las condiciones adecuadas para...- calló y reflexionó -¿Pero qué quieren los hombres a parte de... nuestro cuerpo...- Ivory era demasiado sofitsicada como para pronunciar palabras malsonantes -si no hijos? Descendencia, Dara... lo más importante del mundo...-
-No encuentro dicha importancia-
-Eres joven aún Dara. Demasiado joven incluso para beber ese maldito vino. Pero cuando pasen los años lo entenderás. Querrás ser madre y tu esposo, el rey, querrá ser padre. Y sus hijos serán el futuro de nuestra tierra. El futuro de esta Casa- aguantó un sollozo -Dara... sólo espero que puedas entenderme, espero que puedas comprender lo difícil que es para mí todo esto, el cuanto añoro a tu hermano y a tu padre... y cuan doloroso es para mí sentar a otro hombre en el trono... Algún día llegará tu momento, mi querida hija, y espero que recuerdes mis palabras. Que me recuerdes y entiendas mi pesar- Ivory se dio media vuelta para salir de la habitación, dejando a su hija sola para que reflexionase cuanto fuese necesario. Una vez se cerró la puerta, la vista de Dara pasó automáticamente a las paredes. Estaba en la habitación real. Allí era donde su madre y su padre dormían. Allí estaba la gran cama matrimonial donde ambos yacían, conversaban y se amaban. Otro hombre, por la ley de los hombres en un mundo de hombres usurparía ese lugar, usurparía el trono, la corona y la esposa del buen Godroy Vardaryel. Sobre la cama, además, había un objeto envuelto en un paño. Dara se acercó para desenvolver el objeto y lo que encontró fue a Vendrak, la espada forjada, decían las historias, con un colmillo de dragón en la Guerra Negra contra el Nigromante de Gorathur. Con cuidado, comenzó a desenvainarla. La hoja refulgía tan brillante como el acero más bruñido, pero el sol arrancaba de ella unos destellos de obsidiana. La chica se miró con medio rostro reflejado en la hoja
-No entenderé tu pesar, madre, pues no lo sufriré- masculló, mirando su reflejo, como hipnotizada por la hermosura de la espada -Cortaré con este acero las cadenas de este y todos los reinos si hace falta... y cuando la corona me pertenezca no habrá hombre que dicte a la reina Vardaryel lo que ha de hacer...- finalmente, se obligó a apartar la mirada de la hoja y la envainó de forma sonora, con fuerza, degustando el sonido del acero recorriendo la vaina.

La Dama y la Bruma

En Risco Cielo siempre suele hacer una ligera bruma, en ocasiones caen lloviznas. Sin embargo, en la Torre de Luna, la torre más alta del castillo donde se encontraban los aposentos de la reina Elaina de los Ulduim, aquel día era especialmente espectral. La bruma era densa, espesa y desde el balcón casi podía tocarla con las manos. En la baranda del mismo había tres velas en fila, que encendía con sumo cuidado y trataba de mantenerlas encendidas a toda costa. Llevaba horas allí, luchando contra la humedad de la niebla para que no apagara las llamas que representaban la memoria de sus tres hijos, muertos hacía ya tiempo -¿Cuanto más he de esperar...?- masculló, cansada. Parecía mucho más mayor de lo que era realmente. El rostro ligeramente arrugado y unas bolsas en los ojos muy marcadas por las ojeras por el constante mal dormir. Sentía una fría y gélida mirada constantemente rodeándola, allí, en el lugar más alto de Eregon construido por los hombres, sólo superado por la fortaleza de Gorathur, que decían, era tan enorme con las montañas impías de Nornabog -Decidme hijos míos... ¿Cuanto más he de esperar...?- acarició las velas con cuidado para no quemarse. Unas lágrimas perladas cayeron por su rostro. Le costó la misma vida no desgañitarse llorando una mañana más. Estaba tan sola, tan terriblemente desamparada... y aún así, no quería a nadie más cerca de ella. Las doncellas, los soldados, pocos o ninguno se acercaba más de lo que la reina permitía. En el castillo y en Ciudad de Nubes, bajo el castillo y Torre de Luna, se rumoreaba que desde hacía años, desde que murió el último de sus hijos, Benhal, la última de la casa Ulduim se volvió realmente loca. A pesar de su edad y lejos de los entresijos con los demás reinos, estaba tan encerrada en sí misma que ni siquiera toleraba visitas de los vasallos. De hecho, se le comunicaba constantemente que estaba perdiendo apoyo de las familias menores y la nobleza, que dejaban atrás los juramentos de lealtad y protección ante una reina loca que se consumía en lo alto del cielo, pero para Elaina todo era insignificante. No le quedaba nada. Le arrebataron absolutamente todo. Sin sus hijos, lo que constituía su mundo, no existía
-¿Majestad...?- preguntó una sirvienta que entró, furtiva -Os... os he traido algo de comer. Lleváis dos días sin probar bocado y me temo que no podemos tolerar que nuestra reina desfallezca...-
-Ah... oh...- empezó a reir la reina -Querida... ¿Cómo te llamabas? Perdona, he olvidado tu nombre-
-M-me... me llamo Ealoy- bajó la cabeza respetuosamente -Soy nueva, majestad. No ha olvidado nada-
-Sí... he olvidado...- trató de no llorar -He olvidado el rostro de mi esposo, mi rey... He olvidado el rostro de mis dos hijos y pronto el de Benhal desaparecerá del todo de mis recuerdos...- sollozó
-¿Mi señora...? ¿Por qué decís eso?-
-Ealoy...- suspiró pesadamente -Pronto dejaré incluso de recordarte a ti...- la muchacha, preocupada, se acercó a la reina con sumo cuidado tras dejar la bandeja sobre la cama de la misma. Ante la enorme pena que sentía su señora, la chica se permitió tomarla de las manos
-No digais esas cosas, majestad. Aún queda vida por delante- sonrió -Y todos cuantos os servimos trataremos de hacer de su vida de nuevo un cielo soleado como el que a veces brilla en nuestro hermoso reino-
-No, querida... el sol se apaga con cada nuevo amanecer. Lo veo, lo siento, sus ojos, su mirada... está despertando, está regresando, su maligna influencia...- Elaina comenzó a apretar con fuerza las manos de la chica
-M-mi señora... me hace daño...-
-No lo entiendes Ealoy... no puedes entenderlo, eres joven, no le conoces... no le conoces como yo le conozco. Nadie en Eragon le conoce como yo le conozco, nadie vive para recordarle y sin embargo me eligió a mí, presa del pánico y el dolor, el sufrimiento, la pérdida- la mirada de Elaina estaba perdida
-Majestad por favor, me duele- Ealoy trataba de librarse del agarre de la aparentemente desquiciada reina -¡Por favor, deteneos!-
-El fin se acerca querida... el fin... La negra sombra de Gorathur empieza a alzarse y esta bruma es prueba de ello. Esta niebla es la sombra del Nigromante. El viento huele a ceniza, la ceniza de los jóvenes y los ancianos, calcinados por el fuego de sus malditos demonios de las entrañas más oscuras de la tierra- Elaina le soltó las manos y la agarró del rostro con suavidad -Por eso... perdóname, querida Ealoy, por ser sólo una vieja loca...-
-N-no os preocupéis majestad... Yo sólo quería ayudar...- sollozó, doliéndose de las manos
-Lo sé, cielo, lo sé... por eso te ayudaré yo también a ti... Te ahorraré sufrir semejante pesadilla- sonrió lúgubre y enfermiza para terror de Ealoy -Me lo agradecerás cuando nos encontremos, pronto, en Urdalha- y sin más, no necesito demasiada fuerza ni distancia. Bastó un suave empujón aún sosteniendo su rostro. La chica cayó desde muchísimos metros de altura y en cuestión de segundos se perdió en la bruma. Elaina se mantuvo en el balcón después de todo, volviendo a encender una y otra vez las velas de sus hijos, para recordarles, rendirles tributo a sus almas... y para que el calor y la luz alejara las sombras que se extendían desde Nornabog

La Chica y el Mar

Con la ola del mar la barca llegó a la orilla, y no una sino varias a lo largo de la pequeña playa de Muriel, el pequeño pueblo en la costa de Caerdyll, bajo la supuesta protección de Corona Blanca, aunque el historial del pueblo dejaba mucho lugar a dudas. Aquel atardecer precioso trajo paz a los corazones de los pescadores que salían del agua con sus botines. Eran pocos y menos aún eran los peces que traían con ellos, pues el Mar Esmeralda era conocido por sus corrientes traicioneras y pocos animales acuáticos se acercaban a las orillas, por no hablar de lo terriblemente peligroso que era adentrarse en mar abierto con las pobres barcas que tenían los murielanos. En esas, concretamente, destacaba la figura de una chica que esperaba con los pies descalzos enterrados en la húmeda y fina arena de la orilla mientras veía la barca de su padre acercándose. Seguramente, sabía la joven, no traería gran cosa, como el resto de pescadores, pero aún así sería suficiente como para venderlo y vivir de ello. Era el mismo ritual de todos los días. El mismo sistema. La misma rutina. A su tan corta edad, con apenas 9 primaveras, Saoirse ya se hacía una ligera idea de la clase de vida que le aguardaba, de modo que sólo le quedaba soñar. Observando a la pequeña población hacer sus vidas y siendo todas prácticamente la misma, se distraía a veces mirando los Colmillos, una cordillera montañosa que casi rodeaba en la distancia el pueblo de Muriel y que dificultaba la entrada y salida al mismo si no era por mar, y ese era el mayor de los problemas a veces, el mar. En aquellos momentos, divagaba. Miraba el atardecer y se preguntaba cómo era tan bonito. Se imaginaba que el crepúsculo eran los cabellos de una mujer, de color anaranjado como el fuego, mientras el sol besaba y se fundía con el mar -¡Saoirse!- vociferó entonces su padre, tirando de la barca -¡Échame una mano hija mía!- reía el hombre, que se había aventurado algo más lejos de lo normal y feliz volvía, por haber atrapado a un gran número de peces. La joven daba saltitos de alegría al ver la gran remesa de pescado que había en los viejos cuvos de madera dentro de la barca. Arrancaría envidias y comentarios de crítica, sobre todo de Ayelin y Mera, dos supuestas amigas que gustaban demasiado de burlarse de ella y de su padre, por ser algo más flaco y menos musculado que sus padres o hermanos a pesar de ser un pescador, alguien que no debería "arriesgar" su vida tan tontamente en el mar debido a su complexión. Y sin embargo, esa tarde, él ganó.

Aquella noche, para celebrarlo, cenarían fuera, en la playa. Era una ocasión excepcional, pues en ocasiones la brisa marina eran tan terriblemente gélida que era insoportable, básicamente un castigo, estar en el exterior del hogar al caer la noche. Sin embargo, al haber recogido Ciaran una cantidad de madera apreciable, la fogata que fueron capaces de encender daba un calor suficiente para que el frío fuese un mero invitado que se marchaba en seguida. Además, los peces que había capturado Ciaran eran de un tamaño considerable. Había de sobra para cenar y para vender y el olor que desprendían al asarse a las brasas era tan atrayente que la mente fantasiosa y juvenil de Saoirse le hizo pensar que podría venir el propio rey a querer degustar un manjar tan exquisito, pues el sabor no se quedaba atrás. Padre e hija tuvieron agradables conversaciones, aunque monótonas y rutinarias, pues Ciaran hablaba de la pesca y Saoirse de sus labores en la casa, que eran limpiar, matar insectos insidiosos y de vez en cuando desenredar las redes de pesca que su padre no se había llevado o incluso intentar coserlas y arreglarlas, toda una ardua tarea. Aun así era una noche agradable, más que cualquier otra que recordara la chica, debido a que en muchas ocasiones todo se resumía a tristezas y preocupaciones por la escasez de la pesca. Pero esa noche, debió de ser esa noche, cuando mirando al horizonte, con la luz de la luna, Saoirse distinguió una forma en el mar.

En cuestión de minutos los habitantes del pueblo comenzaron a salir de sus casas una vez Ciaran dio la voz de alarma. Dorren había regresado. El hombre ya salía de las orillas arrastrando las botas por la fina capa de agua mientras se reía ¿De qué se reía? Ciaran nunca encontraba respuesta. Dorren a veces se reía porque sí, porque se imaginaba simplemente lo que les iba a hacer a algunos -¡Muy buenas noches!- saludó enérgicamente al coro de pueblerinos que habían ido a la orilla a recibirlos -¿Cómo va todo, amigos mios?-
-¿No es un poco pronto?- preguntó Ciaran
-¿Pronto...? Te parece pronto casi un año fuera ¿Tan poco me has echado de menos, Ciaran?- rió
-Yo sólo...-
-Ya, ya lo sé, ven aquí- Dorren se acercó a Ciaran con los brazos abiertos y lo abrazó, palmeándole la espalda -Ya está, ya está- se separó de él un poco para mirarle a los ojos y le besó la frente -Papá ha vuelto. No se volverán a meter contigo, huesitos- le dio un par de bofetadas amigables pero sonoras y se apartó de él. Saoirse lo estaba viendo todo desde la ventana de su casa. Podía ver a Dorren, a su padre, a los vecinos... y a aquel chico que estaba tras Dorren junto a alguno de sus marinos. Era joven, mucho más que los demás, aunque mayor que ella. Debía tener cerca de unos 18 años y con él también debía de haber una niña de 10 aproximadamente, casi igual que la propia Saoirse. Sin embargo, la mirada de esa niña, su actitud, era demasiado adulta. El joven, sin embargo, parecía distante y aburrido -¡En fin, amigos! ¿Dónde están mis diezmos?-
-¿Pero qué diezmos quieres?- rugió Attalion, padre de Mera. Un hombre bigardo, grande, musculoso y algo barrigón -Siempre vienes ladrando al respecto a cómo proteges el pueblo de los piratas ¡Pero tú eres el maldito pirata!- su esposa trató de calmarlo en vano -¡Estoy harto de ti! ¡Harto de ti y tus sucios secuaces! ¿¡Sabes qué, Dorren!? Hace unos meses fui a Corona Blanca. Di noticias de ti a la guardia ¡Van a realizar batidas por las costas en busca de piratas y espero que te manden con los tiburones, desgraciado! No vas a volver a llevarte una sola dena de mis bolsillos-
-Joder, Attalion- la expresión de tristeza en el rostro de Dorren casi pareció real -Creía que eramos amigos. Hicimos un acuerdo hace tiempo-
-El acuerdo lo asumiste tú, maldito saqueador- ante la actitud agresiva y valiente de Attalion, varios vecinos comenzaron a sumarse a las voces. Eran más que su séquito. Sólo habían desembarcado él y cuatro hombres, sin contar al joven y la niña -Estás en inferioridad numérica. Has cometido un grave error viniendo hoy aquí. Se acabaron tus días de tributos- Attalion echó mano a un cuchillo con el que destripaba los pescados que sacaba del mar, amenazante
-No me esperaba esto ¿Sabéis?- dijo con voz apagada Dorren -Vago por los mares, lejos de la orilla, lejos de tierra, de comida fresca, de agua potable, de mujeres tiernas que apretar en mis manos... para protegeros. Para alejar a las alimañas carroñeras que se echan al mar a malvivir de los inocentes... Os he traido paz. Nadie os ha atacado desde que os protejo ¿Y este es vuestro agradecimiento? ¿Me estáis... echando?-
-Tú eres el único que nos ha atacado, maldita cucaracha- rugió Attalion -Has saqueado y robado cuanto has querido ¡Incluso has forzado a nuestras mujeres cuando te ha dado la gana!- echó a caminar hacia Dorren -Te mereces que te destripemos como al pescado ¡Hijo de puta!- Attalion, enorme y forzudo, alzó el cuchillo para descargarlo contra el capitán de los piratas. Y sin embargo, no llegó a hacerle nada. Con destreza, Dorren desenvainó su propia espada y con un hábil tajo en la pierna derribó a Attalion en la arena. El hombre gruñía de dolor
-Creo que es hora de que hablemos con honestidad- frunció los labios, mirando al público -Soy vuestro benefactor. Vuestro protector. Soy lo más parecido a un dios que conoceréis jamás ¿Y me lo pagáis así? Soy un pirata ¿Lo olvidais? Me conformaba con un tributo, unas cuantas monedas para comprar comida para mí y mis hombres, para mi familia, que vivimos en una casa rodante sobre el mar. Dije que os protegería y joder si lo he hecho. Que vuestros ojos no vean cómo he cortado gaznates de ratas que han venido a devoraros no significa que no lo haga... ¿Y ahora os alzais en armas contra mí?- pisó la mano de Attalion, haciéndole gritar -Qué decepción más grande- clavó, despacio, la hoja de la espada en la mano del hombre y empezó a girar la hoja en círculos. El sonido era asqueroso y los gañidos de Attalion pesadillescos -Soy un hombre de honor y de familia. Tengo una hija preciosa y a un protegido a los que alimentar y cuidar. Y si no trabajo para vosotros para ganarme el oro para criarles y enseñarles, entonces os usaré a vosotros ¿Qué os parece? Ven, Nyr- la niña se acercó con mirada maliciosa -A ver, coge una pluma de esas, para escribir-
-¿Cual?-
-Esos que papá te está sacando- con la mirada, señaló a cómo estaba abriendo la carne de la mano de Attalion hasta dejar los huesos prácticamente al descubierto -Coge uno cualquiera- Nyr comprendió. Agarró sin reparo el hueso de uno de los dedos y comenzó a tirar hasta que el crujido se hizo oir y arrancó prácticamente el dedo sin piel ni carne, más que rastros de sangre y colgajos de nervios. Attalion estaba prácticamente inconsciente por el dolor y perdiendo sangre a borbotones -Ahora practica esta frase, escríbesela en la frente "Debo respetar a quienes cuidan de mí"- la niña hizo lo propio, usando el hueso de pluma y la sangre como tinta para escribir sobre la piel de Attalion. Ante tal aberrante situación, Ciaran no pudo hacer otra cosa que adelantarse mientras otros se retiraban incluso para vomitar
-¡Basta, por favor! Te lo suplico...-
-¿Tú también? Ciaran... ¡Maldita sea! ¿¡Es que tengo que explicaroslo uno por uno!?-
-Dorren... por favor... lo hemos comprendido. No necesitamos ver más...-
-Te voy a decir yo a ti, viejo amigo, lo que necesitas ver- se echó en contra de Ciaran espada en ristre cuando un cuerpecito se interpuso, abrazada a su padre, llorando y pidiendo que no le hiciera daño
-¡Saoirse!- vociferó Ciaran, abrazándola con fuerza -¡No le hagas daño! ¡No le hagas daño!- suplicó
-¿Saoirse...? ¿Tu hija?- Dorren torció una sonrisa -Vaya... A ver...- con cuidado, la apartó de Ciaran -Sólo quiero verte, muñequita. Has crecido- la observó con cuidado. Le cautivaron los ojos claros de la chica -Vaya, por las diosas... qué preciosidad-
-Por favor Dorren...-
-Deja de lloriquear Ciaran, no voy a dañar a una niña tan guapa- sonrió ampliamente -Así que no llores ¿Vale, corazón?- Saoirse asintió con miedo -Bien, bien. Espero algún día verte más grande, más guapa, más mujer. Así que alimentate y crece ¿Vale? Pero procura que papá se porte bien- la niña asintió, más asustada
-¿Dorren...?- Ciaran le miraba, deseando que se marchara y se alejara de su hija
-Sí... algún día será una mujercita muy, muy guapa ¿Verdad, Ciaran?- sonrió con malicia -Cuídala bien hasta entonces. Me muero de ganas de verla crecidita- a Ciaran se le llenó la mirada de terror -Ahora... tras la lección al gordo sudoroso de Attalion... ¿Alguien más quiere debatir sobre mis tributos?- hubo un gran silencio -¡MOVED EL PUTO CULO Y TRAEDME EL ORO, MALDITOS SEAIS, U OS SACARÉ LAS TRIPAS A TODOS!- tronó su voz y la playa se despejó en un instante, en un alboroto en busca de las monedas doradas. Dorren respiró con calma y se relajó, observando el poder que ejercía sobre el pueblo de Muriel. Vael, tras su padre adoptivo, se preguntaba con labios sellados y mirada sombría, comprobando al malherido y casi desangrado Attalion, qué clase de protector hacia semejantes monstruosidades. Mientras, Nyr que había acabado de escribir, se guardó el hueso del dedo como recuerdo y acudió junto a Vael para cogerle de la mano como una buena chica. Vael sentía la sangre en la mano de Nyr. Cerró los ojos y esperó que todo acabara deprisa, que nadie más se resistiese. Que pronto despertara de ver semejante pesadilla.

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