Las Llamas de la Historia nunca se apagan
Aunque el tiempo pasara, a Vael no se le olvidaba lo más mínimo cada parte de la historia que había leido en aquel libro de viejas historias y leyendas sobre Eregon. Sentado sobre un barril, observando el crepúsculo en la cubierta, dejaba la mirada perdida en el horizonte mientras con voz suave y algo carrasposa cantaba -Fueron de oro las manos, de obsidiana la espada, que cortó la oscuridad. Cortó la oscuridad. En negros presagios le vieron llegar, le vieron llegar, cargado con las sombras a castigar la humanidad. Volaron alas negras, tronaron los rugidos. De fuego el aliento, de ceniza era el viento. Y en sus manos oscuras, escondido en la penumbra, movía los hilos para así gobernar. Y así gobernar. Benditos los Cinco, divino el Pentagon, que fueron de oro las manos, de obsidiana la espada, que cortó la oscuridad. Cortó la oscuridad-
-Vaya una canción. Prefiero las que hablan de marineros borrachos que cazan leviatanes en el Borde de Bruma- rió Nyr, acercándose a su hermano por la espalda. Ya habían pasado cinco años más juntos en aquel navío y ahora era toda una mujercita de 15 años, con la piel morena por el sol y un físico trabajado y concienzudo para ser hermosa, a parte de por la actividad física -¿De dónde sacas esas funestas melodías?-
-Eran de aquel libro que tenía hace años. El que Dorren tiró al mar- sonrió pesaroso, sin apartar la vista del cielo en el horizonte
-Vaya ¿Aún te acuerdas? ¿Y de qué trata? Tanta oscuridad, manos de oro, espadas de obsidiana y negras alas...- se rascó la barbilla -Es como el típico cuento con un gran villano-
-Oh, lo es- acabó riendo Vael -Con la salvedad de que no es un cuento. Está registrado en la historia. Alguna vez te he hablado del Nigromante, cuando me preguntabas qué era lo que leía-
-El Nigromante ¿eh?- bufó -Eres ya mayorcito para seguir creyéndote que existió un tipo con poderes mágicos-
-¿No es igual de estúpido que creer en el Pentagon?- sonrió burlesco
-Pero son los dioses- colocó Nyr los brazos en jarra
-Y el Nigromante fue el enemigo de los hombres porque aprendió de los dioses-
-Sandeces... no puede ser cierto- suspiró la chica
-Tú misma. Nadie te obliga a creer en nada- se encogió de hombros
-A ver, no sé... ¿Y si me cuentas la historia?-
-¿Ahora quieres oirla?-
-Si le resulta tan fascinante a mi hermanito, debe de serlo, para que no se te haya olvidado en todo este tiempo- se inclinó un poco hacia él. Vael se retiró un tanto hacia atrás para dejar espacio entre sus rostros -De acuerdo, pero no te pegues tanto. Es incómodo-
-¿Te pongo nervioso Vael?- sonrió la chica con ánimo victorioso
-Constantemente, pero no de la manera en la que crees- de hecho era el único que no le miraba el prominente escote cuando ejecutaba su clásico movimiento de inclinarse hacia delante para pronunciarlo más. Eso la enervaba a ella hasta límites insospechados. Quería aprender a no dejar a ninguna persona impasible a sus encantos. Era su mejor arma
-Bueno, pues cuéntame y mientras me mantendré a una distancia... prudente- dijo traviesa, arrancando un suspiro de Vael.
-Está bien... La historia se remonta a hace más de 500 años...-
Arrwn Dagoran era un sucesor del trono de los Dagoran, señores de las lejanas tierras, ya extintas según los cartógrafos, hundida en el mar, de los Señores del Fuego. Era una tierra en que se decía vivían los legendarios Wyvern, criaturas aladas, exhaladoras de fuego. O allí, al menos se creía, que nacieron bajo el amparo del dios sol Ardum, a los que llamaron incluso ser sus hijos, guardianes de la creación del Pentagon. No obstante, no se vieron criaturas aladas semejantes desde que el hombre aprendió a escribir y a recopilar historias del pasado. Eran tan antiguos que sólo formaban parte de leyendas, historias basadas en la mitología y los Cinco. Aun así, la casa Dagoran proclamaba, por linaje e historia, descender del mismísimo Ardum, de aquellos dragones, los Wyvern. Con la furia del fuego, la sangre y el alma de dragón y la inteligencia humana, se convirtieron en uno de los reinos más prósperos y poderosos de Eregon y gozaron de una salud y riqueza insondable. Incluso eran pacíficos y bondadosos a pesar de poseer, en aquellos entonces, los ejércitos más poderosos de Eregon según recogían los bibliotecarios. Todo fue así, casi de en sueño, hasta que Arrwn se enamoró. Fue de la hija de Ardras Caerdan, Alessia Caerdan, quien robó su corazón. El orgulloso rey de Corona Blanca se sintió enormemente orgulloso y feliz de que su hermosa princesa fuese a contraer matrimonio con alguien tan grande como Arrwn Dagoran el Sabio, como le proclamaban en su tierra natal. Ambos tuvieron una vida apacible tras una boda tan fantástica como la que sueñan las jóvenes princesas de 10 tiernos años de edad y sin embargo, todo fue a peor cuando Alessia contrajo una gravísima enfermedad. Nadie supo qué la ocasionó, nadie sabía siquiera si era algo hereditario de algún antecesor de los Caerdan, pero la nueva reina de Dravalan, el reino de los Dagoran en el archipiélago de Valandur, empeoraba casi cada día. De una repentina tos ocasional, acabó esputando sangre. Su piel de porcelana se tornó quebradiza como la tierra seca. Sus ojos celestes se rodearon de enrojecimiento y lagrimeos constantes mezclados con sangre. Las especulaciones y sospechas sobre envenenamiento no tardaron en rondar la mente de Arrwn el Sabio y el conflicto no tardó en estallar entre Dravalan y Corona Blanca, cuando el rey Ardras, padre de la esposa de Arrwn, exigió que su hija fuese devuelta a su tierra natal donde podía ser tratada en el seno familiar. Aquello ofendió profundamente a Arrwn, pero temiendo por la vida de la reina, la devolvió a Corona Blanca a los brazos de su padre, donde durante semanas fue tratada sin descanso por los mejores maestros médicos y sanadores. Tristemente, la joven alcanzó su final en menos de un año. Entonces tanto el corazón como la mente de Arrwn se rompieron en mil pedazos.
El reino de Dravalan se ensombreció hasta niveles insospechados mientras su rey se demacraba cada vez más junto a un trono vacío donde antes se sentó su amada. Le llegaron ofertas de matrimonio en decenas y a cada mensajero se le aportó un castigo ejemplar. No volvería a enlazarse con nadie, nunca jamás. Si no era Alessia, no sería ninguna. Fue aquel pensamiento funesto que lo llevó a una gran obsesión... ¿Y si había forma de traerla de vuelta? ¿Y si era posible, ya que los Dagoran eran descendientes de Ardum según las historias, alcanzar el poder para traerla de vuelta sólo a ella? Arrwn dejó atrás el trono, en manos de su hermano Lorwen como sustituto y rey en funciones mientras él viajaba. Recorrió por completo el archipiélago y luego el gran continente. Sus pies besaron cada suelo diverso que puebla Eregon y durante años, estuvo ausente de sus deberes como rey... hasta que descubrió, por su propia mano, las tierras más allá del cinturón de los reinos, conocida hoy día como las Tierras Negras. Nunca contó a nadie cómo ni donde lo consiguió, pero trajo consigo un conocimiento arcano que le abrieron las puertas al poder de los dioses. El poder residía pues en el material de los dioses, con lo que dieron forma al mundo: las manos y la voz. Fue así como forjó él mismo dos guanteletes de hueso de dragón Wyvern, que según afirmaba en sus delirios, había hallado en las Tierras Negras y había asesinado. Con los guanteletes, protegería sus manos y su voz la protegió tras un yelmo negro con forma de cabeza de dragón. Aquel día nació el Nigromante.
El anteriormente conocido como Arrwn desapareció para siempre. El buen y sabio rey se enclaustró en los sótanos más oscuros del castillo de Dravalan dejando por completo de lado a su familia y sus labores como rey, loco y obsesionado, formulando mil y un conjuros prohibidos para intentar traer de vuelta a la vida a su amada, pero aunque su poder crecía y se volvía capaz de cosas asombrosas, nunca encontró la forma de traer de vuelta a Alessia. Y de ello, culpó a Ardras. Había incinerado el cuerpo en un ritual sagrado y había enterrado sus cenizas en un lugar secreto, un lugar que ni siquiera el poder del Nigromante podía alcanzar. Las caoticas reflexiones del rey de los Señores del Fuego le llevaron a cavilar y decidir que todo ello había sido un plan maléfico en su contra, para aprovecharse de él. Todos los reinos sabían del poder de los Dagoran. Todos los reinos ansiaban un poco de la gran riqueza y plenitud de Dravalan y Ardras utilizó a su dulce hija como moneda de cambio, pero la envenenaron y la dejaron morir dejando ya un enlace entre Corona Blanca y Dravalan, aprovechando el ciego amor que Arrwn sentía hacia Alissia, para asegurar el devenir de los Caerdan. Una vida a cambio de una Casa completa. Una mentira, una traición, sobre la que se apoyaban y lloraban lágrimas falsas mientras pedían ayuda y dinero a los Dagoran. Arrwn juró, en nombre de Alissia, que acabaría con todo de una vez por todas. Desapareció desde entonces y para siempre de Dravalan, dejando el reino sin un rey coronado.
Viajó solo y se asentó en las Tierras Negras, donde alzó la fortaleza de Gorathur. Allí, comenzó a formar sus planes. Desde las sombras, movió hilos para enfrentar a las grandes Casas de los reinos y sus vasallos. Incluso atrajo a valientes hombres a su causa, a los que adoctrinó y labó el cerebro para que le siguieran ciegamente. De la montaña una vez conocida como Corazón del Mundo, sacó sus entrañas en forma de un volcán aterrador y de sus incansables e incesantes llamaradas y magma destructor, volvieron a la vida los hijos de Ardum, los wyvern, que poblaron los cielos de las Tierras Negras y conformaron un terrible ejército, tantos que oscurecían el sol cuando volaban por el cielo. Semejante poder llamó la atención de los hijos de Ecat, los Titanes de Itharwen, que debatieron lentamente sobre su debían tomar algún tipo de acción. Ethrandul, uno de ellos, decidió tomar cartas en el asunto pero no de la forma en que sus hermanos y hermanas esperaban: se unió al Nigromante, creyendo en la causa que su poderosa lengua oscura proclamaba: la era del hombre debía acabar, pues sólo maldad y codicia es cuanto poseen en el corazón. El Nigromante era, según él, una herramienta de Urdil para limpiar y rehacer la maldad que envenenaba un mundo tan glorioso como Eregon. Una vez Ethrandul se unió a sus filas, la guerra no hizo más que comenzar.
Los historiadores la llamaron la Guerra Negra, otros la llaman la Guerra de los 100 años, pues generaciones nacieron, crecieron y murieron bajo el yugo del Nigromante. Era un ser poderoso, más que cualquier hombre. Se limitó a jugar durante décadas a las masacres. Arrojaba a sus sombras aladas, los temibles wyverns, contra pueblos y aldeas indefensas. Enviaba a sus huestes contra los ejércitos de los reinos. Comandaba a Ethrandul a derribar las murallas de los castillos, sin nunca acabar la batalla. El Nigromante se convirtió en el terror, se convirtió en el miedo absoluto. Él era la pesadilla de niños y reyes. Quería causar daño, un dolor insoportable, tanto como el que él había sufrido. Por cada uno de sus wyverns, caían cien hombres. Por cada batallón de 500 soldados, 200 desertaban a favor del Nigromante llamados por la oscuridad de su poder. Por cada ariete, catapulta o maquinaria de guerra que intentaran construir, bastaba solo Ethrandul para limpiar el terreno. No fue hasta que los Titanes de Itharwen se unieron a los ejércitos de los reinos hasta que los reyes de antaño vieron por fin una posibilidad de vencer. Los sabios hijos de la naturaleza estudiaron dedicadamente los movimientos del Nigromante y sus ejércitos. Descubrieron el poder que había en los huesos de los wyvern y transmitieron ese conocimiento a los hombres. Así fue forjada la legendaria espada Vendrak, poseida por la familia Vardaryel, capaz de penetrar y sesgar cualquier armadura, incluso las escamas de los dragones, con total facilidad. Fue ese arma la elegida para poder acabar con el Nigromante. Portada fue en batalla la magnífica espada por Orsalom Vardaryel, que murió como héroe acabando con un enemigo tras otro, abriendo camino en la Batalla de Puertas de Penumbra, bajo la fortaleza de Gorathur. Todos los reinos, incluso los Dagoran que se negaban a morir bajo el yugo de su antiguo buen rey, ahora traidor, se unieron por primera vez bajo un mismo estandarte común y consiguieron penetrar la fortaleza. Fue Ardras, malherido, quien portó a Vendrak, arrancada de las manos muertas de su amigo Vardaryel. Allí le esperaba Arrwn, ahora simplemente el Nigromante, el Oscuro o la Pesadilla de Gorathur
-Los vientos te traen a mí- gruñó la voz corrupta del Nigromante -Y con la ceniza que arrastra, volverás a Caerdyll. Tus restos serán los primeros, viejo Caerdan, en sembrarse en tus tierras profanadas-
-Tú eres el profano, a quien maldigo. Como maldigo el momento en que te entregué a mi hija. Mejor descansar en la muerte, que morir de dolor viéndote convertido en el mayor de los enemigos del mundo-
-¡No oses hablar de Alissia en mi presencia!- sólo tuvo que alzar la voz para que Ardras se arrodillase ante él como si le hubiese caido el cielo encima. Arwn, arrogante, se acercó al herido rey -Vuestra codicia la separó de mí, le arrancasteis la vida y yo me aseguraré de desgarrar la vuestra con el mayor dolor que pueda soportar vuestros frágiles cuerpos. No podéis hacer nada contra mí, pues fui bendecido por el rey de Dioses. Urdil me otorgó estos dones- se acuclilló, despacio, ante Ardras -Confiesa, rey exánime, que envenenaste a tu hija para devastarme y convertirme en una marioneta del dolor-
-No ha existido más amor en este u otro mundo que el que tenía hacia mi hija, mi dulce hija... Nunca le haría daño ¡Ni siquiera por todo el oro del mundo!-
-¡Embustes! ¡Falacias!- tronó la voz del Nigromante, grave como el eco de una cueva -Mi maldición ha sido no poder traerla de vuelta, pero oh, Ardras, a ti será el último a quien arrebate el alma. Acabaré contigo y te traeré de vuelta hasta que el mundo se desmorone y yo con él. Hasta entonces morirás mil veces y renacerás otras mil, para morir de nuevo hasta mi hastío... y mi paciencia es infinita-
-Cuan arrogante, Pesadilla de Gorathur...- alzó la mirada Ardras -Y esa arrogancia es tu fin-
-No hay mortal que pueda detenerme, Ardras-
-Sí un mortal con la herramienta adecuada- aprovechando la cercanía que mantenía con el Nigromante, alzó a Vendrak con violencia y cortó el guante y con él, la mano del Nigromante. El monstruoso rey oscuro profirió un alarido de otro mundo. Aprovechando esa debilidad, Ardras atacó de nuevo y cortó la otra mano, desvalijándole de gran parte de su poder. El Nigromante cayó de rodillas y Ardras, herido y desangrándose, cayó frente a él de la misma manera
-No me has vencido...- masculló el Nigromante
-Has perdido por fin tras años de guerra... muchos han muerto por tu culpa, Nigromante. Y por fin se acaba-
-Seguireis muriendo aún con mi marcha, Caerdan. Os aguardan años de penurias. Mis wyverns no desapareceran. Mis acólitos seguirán batallando y me rendirán culto. La sombra se extenderá por 100 años sobre vosotros... ¡Mi ira no se apagará jamás!-
-Se acabó... Arrwn- Ardras alzó de nuevo a Vendrak -Por Alissia... y por Orsalom- con un fuerte golpe de brazo, cortó la cabeza del hombre al que reconoció como el gran y sabio esposo de su amada hija. El cuerpo del Nigromante entonces comenzó a evaporarse, a transformarse en ceniza y vapor negro, mientras Gorathur comenzaba a desmoronarse. El tirano había caido.
Sin embargo se cumplieron, como llaman los historiadores, las palabras del Nigromante. Ardras murió tiempo después debido a las heridas y marcado por la sombra del Oscuro, como una terrible afección, aunque consiguió narrar en sus memorias su último encuentro con Arrwn Dagoran. Durante años, abarcando prácticamente una totalidad de 100, murieron muchos, hubo enfermedades, escaseó la comida. Los wyvern supervivientes fueron desapareciendo, pero hasta que lo hicieron, causaron verdaderas masacres. Ethrandul desapareció tras la batalla también y los acólitos del Nigromante se dispersaron con el tiempo. Tal fue la calamidad y la maldición del Oscuro, que los Dagoran, su linaje, desaparecieron lentamente y Dravalan fue devorada por una enorme marea en una tormenta nunca antes vista. Aún hoy día, se dice que la mente inmortal del Nigromante fue el causante de todo aquel sufrimiento, pues sus guanteletes y su yelmo nunca fueron hallados. Su lengua y sus manos nunca fueron destruidas en totalidad... o nadie fue testigo de ello. Hay quien cree que ese temible poder anda perdido en Eregon y quien lo encuentre... puede convertirse en un nuevo dios, o un nuevo destructor.
-Vaya una historia- rió Nyr -¿De verdad te crees que todo eso pasó? Wyverns, Titanes, los ejércitos de los reinos unidos... ¡Joder, esa sí que es buena! Me creo, como mucho, lo de los Dagoran. Hay muchos indicios de que existieron pero... demasiada fantasía. Jamás he conocido a alguien que sea capaz de utilizar magia. Ni siquiera los que tienen una polla considerable saben usarla mágicamente- bufó
-Es cuestión de puntos de vista- sonrió Vael -No esperaba que lo creyeras-
-¿Tú sabes hacer algo de magia?- lo miró de arriba abajo -¿Me enseñarías...?-
-Nyr...- dijo la voz cansada de Dorren a sus espaldas -¿Qué te tengo dicho? ¿Te tengo que poner a pelar pescado otra vez para que aprendas?-
-No estoy coqueteando con él- gruñó la chica
-Pues deja de acercar tu mano a su "varita mágica"- Vael no se había percatado. Era hábil como una ladrona. El muchacho se levantó del barril y se alejó de ella
-Eres toda una gata nocturna- apuntó el joven
-No sabes cuanto... porque no me dejan- miró despectiva a su padre
-Sí, no te dejo. Ahora aire. Demasiada magia para ambos por hoy. Vaya cuentecitos, Vael...-
-A mí me gustan- se encogió de hombros el muchacho
-Sí, ya...- Dorren fue a marcharse, pero antes de irse miró de nuevo a su hijo adoptado por encima del hombro -Dime una cosa Vael... ¿De verdad crees que existen esos guanteletes y el yelmo? Es decir... ¿El poder del Nigromante?-
-Yo creo en ello. El mundo es desconocido y aunque han pasado demasiados años, casi un milenio, si miras bien, las huellas del Nigromante parecen estar en este mundo-
-Ya veo... ¿Y decían las historias que si alguien lo encuentra, obtendrá dicho poder?-
-Eso dicen, es sólo una especulación. Pero nunca se ha sabido de nadie que haya encontrado semejantes artefactos-
-Interesante. Ciertamente interesante- sonrió Dorren, volviendo al castillo de popa, hacia el timón
-Me temo que has captado la atención de alguien- susurró Ardras tras Vael, cruzado de brazos y dejándose caer en la baranda de estribor. Nadie más que el chico podía verle y oirle
-Eso parece- masculló, rascándose la nuca
-Esos artefactos existen, Vael. Debes creerme. Lo viví-
-Lo sé, Ardras... te creo. De verdad te creo. A fin de cuentas eres un espectro que por alguna razón está atado a mí... ¿Cómo no creer en la magia?- rió con pesadez
-Agradezco que me creas chico... pero en lo que debes creer sobre todo es que ese poder no debe caer nunca en malas manos...- ambos, Ardras y Vael, miraron hacia Dorren, que sonreía sumido en pensamientos mientras manejaba el timón.
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