sábado, 22 de julio de 2017

Las olas grisáceas rompían contra la pedregosa costa. El sonido de la espuma traspasando el límite entre el mar y la tierra, llegaban a los oídos de Saorise, que encerrada en su casa, arremedaba una vieja red de pesca con gesto aburrido y taciturno.

Las horas pasaban lentas para la mujer, quien suspiraba mientras lanzaba furtivas vistas al fuego del hogar, sobre el que reposaba una enorme olla con caldo de pescado haciéndose de forma lenta. Se mecía a veces de delante hacia atrás, previniendo un dolor en el bajo de la espalda que casi cada día terminaba sufriendo.

Cansada, arrojó la red al suelo. Estaba arreglada, pero... ¿Cuanto tardaría su padre en volver a traerla descosida? Las costas eran complicadas, rocosas y casi mortales para cualquier persona que cayese al mar, como ya había ocurrido en varias ocasiones. Llegaría un día en el que arreglarla de nuevo sería inútil y, de alguna forma, tendrían que encontrar dinero para comprar una nueva. Pero ¿Que dinero iban a hallar en Muriel? Saorise se paseó por la casa hasta llegar al único ventanal con el que contaban. El sol casi se escondía ya entre aquellas montañas inquebrantables que mantenían a la población prácticamente alejada del mundo, y sin embargo, aun quedaba gente caminando por el poblado o cerca de la costa. Gente normal, común, de siempre.

Allá en Muriel, la población era escasa, mayoritariamente compuesta por hombres. La razón residía en que, en un lugar tan desprovisto y alejado, los partos acababan con la vida de numerosas mujeres. Las que conseguían sobrevivir, se dedicaban a cuidar a sus hijos para toda la vida. Hijos que, de ser varones, se echarían a la mar junto a sus padres para trabajar hasta el fin de sus días, con la suerte de que ese fin, estuviese lejos, en la vejez, y no en el devenir de algunas enormes olas. Muriel era un pueblo muerto, pero de gran corazón, o eso había demostrado con el paso de las dificultades a lo largo de los años. Jamás ocurría una discusión entre los aldeanos, nunca se oía sobre un accidente o un asesinato. Las viudas no volvían a casarse, los maridos cuidaban de sus esposas por siempre, los hijos se encargaban de sus padres, y... con la llegada de los piratas, todos se hacían uno. Por suerte, ya hacía años que aquellos malnacidos habían dejado de navegar por aquellas costas.

Cuando el sol terminó de ocultarse entre las montañas, Saorise salió de su casa tras coger un abrigo. Caminó a paso rápido hacia puerto, donde ya se divisaba la pequeña embarcación de su padre. Abrigada entre sus brazos, aguardó a que Ciaran echase el ancla. Sólo entonces, la chica se permitió subir al barco. No sólo por la facilidad, sino por la sarta de supersticiones sobre figuras femeninas y mala suerte sobre el mar que todo Muriel respetaba. Los cubos de peces ya estaban preparados para descargar, y como siempre, la cantidad era más bien escasa.
-¿Los llevo ya a casa?- preguntó la chica.
-Sí, sí... encárgate de eso- suspiró Ciaran, llevándose las manos a la zona baja de la espalda. Tenía un aspecto cansado, destrozado. Saorise encogió la barbilla al verle así.
-No tardes en venir ¿De acuerdo? La cena ya esta casi lista- dijo solamente, para cargar los cubos en dirección a su casa. Su padre, se quedó en el barco, oteando la oscuridad de la noche que arrasaba en el mar y las diminutas estrellas que empezaban a iluminarse en el cielo tímidamente.

Cuando Ciaran llegó a su casa, la comida ya estaba sobre la mesa y su hija aún no había probado bocado, esperándole. El hombre no dijo nada, solo se sentó y comenzó a ingerir.
-¿Que tal ha sido el día?- preguntó Saoirse en un intento de animar el ambiente.
-Como siempre, hija. Como siempre...-
-¿Y la mar? ¿Estaba tranquila o ajetreada?-
-¿Por qué quieres saber esas cosas, Saorise?-
-Era simple curiosidad... y ganas de romper el silencio-
-¿No te enseñé que la comida se ingiere con la boca cerrada?-
-Nada priva que entre bocado y bocado puedas hablarle a tu hija. Yo también paso sola todos los días-
-Como todas las mujeres de Muriel-
-Si, ya...- a regañadientes, guardó silencio y siguió comiendo. Ciaran, por su parte, quedó incómodo al comprender que no había nada de malo en las intenciones de su hija. Finalmente, cedió.
-Esta mañana vi a Attalion en el puerto, justo antes de zarpar. Mera está a apunto de dar a luz-
-Debe estar ansioso-
-Mucho. Hacía años que no veía a ese hombre con una luz tan particular en la mirada. Desea que sea un varón- Saorise tragó saliva.
-Una niña también aporta alegría-
-Sí, también...- La conversación volvió a tornarse incómoda para ambos.
-¿Y que tal está? Attalion-
-Algo aburrido. A veces pasea por el puerto esperando encontrar la manera de hacer algo, ya sabes. Su único hijo varón parece ser aún algo novato. Es torpe. Tiene que aprender.
-Padre... ¿Por que no embarcas con él? Con Connor. Si tan torpe es, podrías enseñarle. Y quizá los beneficios sean mayores siendo cuatro manos. También podríais decirle a Attalion que...-
-Ni hablar, Saoirse. Cuatro manos de dos familias distintas significa división, no beneficios. La mar es la mar. No da más por trabajarla más-
-Pero Attalion necesitará ayuda. Desde que perdió la mano su familia está mal. Y ahora que Connor es mayor pueden arreglárselas, pero quizá a ambas familias nos vendría bien que colaboraseis y...-
-Saorise, no. Te he dicho que sería peor. Tendríamos que dividir lo que traigo cada día-
-Pero siempre estás quejándote de que tu trabajo lo haces tú sólo-
-Me quejo porque no tengo un hijo que me ayude-
-¡Me tienes a mí! ¡Sólo tienes que dejarme ir contigo y dejar de rezar a los dioses cada vez que desembarcas para que te den un nieto!
-¡Tu deber es quedarte aquí, Saorise! ¡No eres un hombre! ¡Eres una mujer!-
-¡Me subestimas solo por serlo!-
-¡Porque realmente lo eres!- La chica guardó silencio, apretando los labios e intentando evitar que las manos le temblasen. No era la primera vez que mantenían esa conversación y acababan discutiendo. Tampoco sería la última, y aquello era lo que más la ofendía. Con una mirada llena de rabia, apartó la vista de su padre y se terminó el caldo deprisa -Saorise, escúchame... ya hemos hablado esto antes. No quiero que te pase nada ¿De acuerdo? El mar es demasiado peligroso y tú eres lo único que me queda en esta vida. No soportaría la idea de perderte. Quiero que vivas, que crezcas y que tengas una familia-
-¿Y morir dando hijos a este maldito pueblo...?- murmuró.
-Si rezo cada día a los dioses, es para que eso nunca ocurra-
-Hay más posibilidades de morir así que morir en el mar, ayudándote-
-Saorise...-
-Siempre detestaste la idea de que naciese mujer ¿Verdad? No podemos ayudar en los barcos, morimos dando a luz... yo tampoco hubiese querido ser una mujer-
-No digas esas cosas-
-Las digo porque son verdad... Porque yo tampoco quiero perderte a ti...- murmuró de nuevo -Si me dejases ayudarte...-
-Me ayudará tu esposo, cuando tengas uno- Ciaran colocó su mano sobre la de su hija, que se mantenía cerrada sobre la mesa -Así que busca a un hombre fuerte, atractivo. Alguien como yo- bromeó, sonsacando una media sonrisa a su hija -¿Qué? Yo en mi época las tenía locas a todas. Tenía un atractivo singular. Aun lo conservo- La chica suspiró y dejó caer su cabeza sobre su cara. -Encontrar un marido también sería la forma de estar un poco menos de tiempo sola, ya sabes- murmuró con algo de vergüenza -¿No hay ningún buen joven en este pueblo que... te despierte algún interés?- Saoirse bufó.
-¿Jóvenes solteros que me despierten interés? Hay pocos y todos son iguales. Pelirrojos, pálidos y larguiruchos que lo más emocionante que han hecho en su vida es pescar un atún de tres aletas.
-¿No eres un poco exigente?-
-Sólo me aprecio lo suficiente. Son aburridos padre. No tienen... personalidad-
-Quizás es que no les has conocido lo suficiente. ¿Que te parece si les pido que...?-
-Ah no-
-Sólo digo que yo podría....
-No, ni se te ocurra-
-Mañana mismo iré a...-
-¡Padre, que no! ¡Ni hablar!-
-Es mas fácil. Mañana mismo sabrán de tu interés en contraer nupcias-
-¡Pero si no quiero!-
-Pero no quedan jóvenes aquí-
-No es mi problema- tajó, poniéndose en pie y encaminándose hacia la puerta.
-¿Se puede saber donde vas?
-¡A mantener mi dignidad!-  y de un portazo, cerró a sus espaldas.



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