sábado, 22 de julio de 2017

Las olas grisáceas rompían contra la pedregosa costa. El sonido de la espuma traspasando el límite entre el mar y la tierra, llegaban a los oídos de Saorise, que encerrada en su casa, arremedaba una vieja red de pesca con gesto aburrido y taciturno.

Las horas pasaban lentas para la mujer, quien suspiraba mientras lanzaba furtivas vistas al fuego del hogar, sobre el que reposaba una enorme olla con caldo de pescado haciéndose de forma lenta. Se mecía a veces de delante hacia atrás, previniendo un dolor en el bajo de la espalda que casi cada día terminaba sufriendo.

Cansada, arrojó la red al suelo. Estaba arreglada, pero... ¿Cuanto tardaría su padre en volver a traerla descosida? Las costas eran complicadas, rocosas y casi mortales para cualquier persona que cayese al mar, como ya había ocurrido en varias ocasiones. Llegaría un día en el que arreglarla de nuevo sería inútil y, de alguna forma, tendrían que encontrar dinero para comprar una nueva. Pero ¿Que dinero iban a hallar en Muriel? Saorise se paseó por la casa hasta llegar al único ventanal con el que contaban. El sol casi se escondía ya entre aquellas montañas inquebrantables que mantenían a la población prácticamente alejada del mundo, y sin embargo, aun quedaba gente caminando por el poblado o cerca de la costa. Gente normal, común, de siempre.

Allá en Muriel, la población era escasa, mayoritariamente compuesta por hombres. La razón residía en que, en un lugar tan desprovisto y alejado, los partos acababan con la vida de numerosas mujeres. Las que conseguían sobrevivir, se dedicaban a cuidar a sus hijos para toda la vida. Hijos que, de ser varones, se echarían a la mar junto a sus padres para trabajar hasta el fin de sus días, con la suerte de que ese fin, estuviese lejos, en la vejez, y no en el devenir de algunas enormes olas. Muriel era un pueblo muerto, pero de gran corazón, o eso había demostrado con el paso de las dificultades a lo largo de los años. Jamás ocurría una discusión entre los aldeanos, nunca se oía sobre un accidente o un asesinato. Las viudas no volvían a casarse, los maridos cuidaban de sus esposas por siempre, los hijos se encargaban de sus padres, y... con la llegada de los piratas, todos se hacían uno. Por suerte, ya hacía años que aquellos malnacidos habían dejado de navegar por aquellas costas.

Cuando el sol terminó de ocultarse entre las montañas, Saorise salió de su casa tras coger un abrigo. Caminó a paso rápido hacia puerto, donde ya se divisaba la pequeña embarcación de su padre. Abrigada entre sus brazos, aguardó a que Ciaran echase el ancla. Sólo entonces, la chica se permitió subir al barco. No sólo por la facilidad, sino por la sarta de supersticiones sobre figuras femeninas y mala suerte sobre el mar que todo Muriel respetaba. Los cubos de peces ya estaban preparados para descargar, y como siempre, la cantidad era más bien escasa.
-¿Los llevo ya a casa?- preguntó la chica.
-Sí, sí... encárgate de eso- suspiró Ciaran, llevándose las manos a la zona baja de la espalda. Tenía un aspecto cansado, destrozado. Saorise encogió la barbilla al verle así.
-No tardes en venir ¿De acuerdo? La cena ya esta casi lista- dijo solamente, para cargar los cubos en dirección a su casa. Su padre, se quedó en el barco, oteando la oscuridad de la noche que arrasaba en el mar y las diminutas estrellas que empezaban a iluminarse en el cielo tímidamente.

Cuando Ciaran llegó a su casa, la comida ya estaba sobre la mesa y su hija aún no había probado bocado, esperándole. El hombre no dijo nada, solo se sentó y comenzó a ingerir.
-¿Que tal ha sido el día?- preguntó Saoirse en un intento de animar el ambiente.
-Como siempre, hija. Como siempre...-
-¿Y la mar? ¿Estaba tranquila o ajetreada?-
-¿Por qué quieres saber esas cosas, Saorise?-
-Era simple curiosidad... y ganas de romper el silencio-
-¿No te enseñé que la comida se ingiere con la boca cerrada?-
-Nada priva que entre bocado y bocado puedas hablarle a tu hija. Yo también paso sola todos los días-
-Como todas las mujeres de Muriel-
-Si, ya...- a regañadientes, guardó silencio y siguió comiendo. Ciaran, por su parte, quedó incómodo al comprender que no había nada de malo en las intenciones de su hija. Finalmente, cedió.
-Esta mañana vi a Attalion en el puerto, justo antes de zarpar. Mera está a apunto de dar a luz-
-Debe estar ansioso-
-Mucho. Hacía años que no veía a ese hombre con una luz tan particular en la mirada. Desea que sea un varón- Saorise tragó saliva.
-Una niña también aporta alegría-
-Sí, también...- La conversación volvió a tornarse incómoda para ambos.
-¿Y que tal está? Attalion-
-Algo aburrido. A veces pasea por el puerto esperando encontrar la manera de hacer algo, ya sabes. Su único hijo varón parece ser aún algo novato. Es torpe. Tiene que aprender.
-Padre... ¿Por que no embarcas con él? Con Connor. Si tan torpe es, podrías enseñarle. Y quizá los beneficios sean mayores siendo cuatro manos. También podríais decirle a Attalion que...-
-Ni hablar, Saoirse. Cuatro manos de dos familias distintas significa división, no beneficios. La mar es la mar. No da más por trabajarla más-
-Pero Attalion necesitará ayuda. Desde que perdió la mano su familia está mal. Y ahora que Connor es mayor pueden arreglárselas, pero quizá a ambas familias nos vendría bien que colaboraseis y...-
-Saorise, no. Te he dicho que sería peor. Tendríamos que dividir lo que traigo cada día-
-Pero siempre estás quejándote de que tu trabajo lo haces tú sólo-
-Me quejo porque no tengo un hijo que me ayude-
-¡Me tienes a mí! ¡Sólo tienes que dejarme ir contigo y dejar de rezar a los dioses cada vez que desembarcas para que te den un nieto!
-¡Tu deber es quedarte aquí, Saorise! ¡No eres un hombre! ¡Eres una mujer!-
-¡Me subestimas solo por serlo!-
-¡Porque realmente lo eres!- La chica guardó silencio, apretando los labios e intentando evitar que las manos le temblasen. No era la primera vez que mantenían esa conversación y acababan discutiendo. Tampoco sería la última, y aquello era lo que más la ofendía. Con una mirada llena de rabia, apartó la vista de su padre y se terminó el caldo deprisa -Saorise, escúchame... ya hemos hablado esto antes. No quiero que te pase nada ¿De acuerdo? El mar es demasiado peligroso y tú eres lo único que me queda en esta vida. No soportaría la idea de perderte. Quiero que vivas, que crezcas y que tengas una familia-
-¿Y morir dando hijos a este maldito pueblo...?- murmuró.
-Si rezo cada día a los dioses, es para que eso nunca ocurra-
-Hay más posibilidades de morir así que morir en el mar, ayudándote-
-Saorise...-
-Siempre detestaste la idea de que naciese mujer ¿Verdad? No podemos ayudar en los barcos, morimos dando a luz... yo tampoco hubiese querido ser una mujer-
-No digas esas cosas-
-Las digo porque son verdad... Porque yo tampoco quiero perderte a ti...- murmuró de nuevo -Si me dejases ayudarte...-
-Me ayudará tu esposo, cuando tengas uno- Ciaran colocó su mano sobre la de su hija, que se mantenía cerrada sobre la mesa -Así que busca a un hombre fuerte, atractivo. Alguien como yo- bromeó, sonsacando una media sonrisa a su hija -¿Qué? Yo en mi época las tenía locas a todas. Tenía un atractivo singular. Aun lo conservo- La chica suspiró y dejó caer su cabeza sobre su cara. -Encontrar un marido también sería la forma de estar un poco menos de tiempo sola, ya sabes- murmuró con algo de vergüenza -¿No hay ningún buen joven en este pueblo que... te despierte algún interés?- Saoirse bufó.
-¿Jóvenes solteros que me despierten interés? Hay pocos y todos son iguales. Pelirrojos, pálidos y larguiruchos que lo más emocionante que han hecho en su vida es pescar un atún de tres aletas.
-¿No eres un poco exigente?-
-Sólo me aprecio lo suficiente. Son aburridos padre. No tienen... personalidad-
-Quizás es que no les has conocido lo suficiente. ¿Que te parece si les pido que...?-
-Ah no-
-Sólo digo que yo podría....
-No, ni se te ocurra-
-Mañana mismo iré a...-
-¡Padre, que no! ¡Ni hablar!-
-Es mas fácil. Mañana mismo sabrán de tu interés en contraer nupcias-
-¡Pero si no quiero!-
-Pero no quedan jóvenes aquí-
-No es mi problema- tajó, poniéndose en pie y encaminándose hacia la puerta.
-¿Se puede saber donde vas?
-¡A mantener mi dignidad!-  y de un portazo, cerró a sus espaldas.



viernes, 21 de julio de 2017

Las Llamas de la Historia nunca se apagan

Aunque el tiempo pasara, a Vael no se le olvidaba lo más mínimo cada parte de la historia que había leido en aquel libro de viejas historias y leyendas sobre Eregon. Sentado sobre un barril, observando el crepúsculo en la cubierta, dejaba la mirada perdida en el horizonte mientras con voz suave y algo carrasposa cantaba -Fueron de oro las manos, de obsidiana la espada, que cortó la oscuridad. Cortó la oscuridad. En negros presagios le vieron llegar, le vieron llegar, cargado con las sombras a castigar la humanidad. Volaron alas negras, tronaron los rugidos. De fuego el aliento, de ceniza era el viento. Y en sus manos oscuras, escondido en la penumbra, movía los hilos para así gobernar. Y así gobernar. Benditos los Cinco, divino el Pentagon, que fueron de oro las manos, de obsidiana la espada, que cortó la oscuridad. Cortó la oscuridad-
-Vaya una canción. Prefiero las que hablan de marineros borrachos que cazan leviatanes en el Borde de Bruma- rió Nyr, acercándose a su hermano por la espalda. Ya habían pasado cinco años más juntos en aquel navío y ahora era toda una mujercita de 15 años, con la piel morena por el sol y un físico trabajado y concienzudo para ser hermosa, a parte de por la actividad física -¿De dónde sacas esas funestas melodías?-
-Eran de aquel libro que tenía hace años. El que Dorren tiró al mar- sonrió pesaroso, sin apartar la vista del cielo en el horizonte
-Vaya ¿Aún te acuerdas? ¿Y de qué trata? Tanta oscuridad, manos de oro, espadas de obsidiana y negras alas...- se rascó la barbilla -Es como el típico cuento con un gran villano-
-Oh, lo es- acabó riendo Vael -Con la salvedad de que no es un cuento. Está registrado en la historia. Alguna vez te he hablado del Nigromante, cuando me preguntabas qué era lo que leía-
-El Nigromante ¿eh?- bufó -Eres ya mayorcito para seguir creyéndote que existió un tipo con poderes mágicos-
-¿No es igual de estúpido que creer en el Pentagon?- sonrió burlesco
-Pero son los dioses- colocó Nyr los brazos en jarra
-Y el Nigromante fue el enemigo de los hombres porque aprendió de los dioses-
-Sandeces... no puede ser cierto- suspiró la chica
-Tú misma. Nadie te obliga a creer en nada- se encogió de hombros
-A ver, no sé... ¿Y si me cuentas la historia?-
-¿Ahora quieres oirla?-
-Si le resulta tan fascinante a mi hermanito, debe de serlo, para que no se te haya olvidado en todo este tiempo- se inclinó un poco hacia él. Vael se retiró un tanto hacia atrás para dejar espacio entre sus rostros -De acuerdo, pero no te pegues tanto. Es incómodo-
-¿Te pongo nervioso Vael?- sonrió la chica con ánimo victorioso
-Constantemente, pero no de la manera en la que crees- de hecho era el único que no le miraba el prominente escote cuando ejecutaba su clásico movimiento de inclinarse hacia delante para pronunciarlo más. Eso la enervaba a ella hasta límites insospechados. Quería aprender a no dejar a ninguna persona impasible a sus encantos. Era su mejor arma
-Bueno, pues cuéntame y mientras me mantendré a una distancia... prudente- dijo traviesa, arrancando un suspiro de Vael.
-Está bien... La historia se remonta a hace más de 500 años...-

Arrwn Dagoran era un sucesor del trono de los Dagoran, señores de las lejanas tierras, ya extintas según los cartógrafos, hundida en el mar, de los Señores del Fuego. Era una tierra en que se decía vivían los legendarios Wyvern, criaturas aladas, exhaladoras de fuego. O allí, al menos se creía, que nacieron bajo el amparo del dios sol Ardum, a los que llamaron incluso ser sus hijos, guardianes de la creación del Pentagon. No obstante, no se vieron criaturas aladas semejantes desde que el hombre aprendió a escribir y a recopilar historias del pasado. Eran tan antiguos que sólo formaban parte de leyendas, historias basadas en la mitología y los Cinco. Aun así, la casa Dagoran proclamaba, por linaje e historia, descender del mismísimo Ardum, de aquellos dragones, los Wyvern. Con la furia del fuego, la sangre y el alma de dragón y la inteligencia humana, se convirtieron en uno de los reinos más prósperos y poderosos de Eregon y gozaron de una salud y riqueza insondable. Incluso eran pacíficos y bondadosos a pesar de poseer, en aquellos entonces, los ejércitos más poderosos de Eregon según recogían los bibliotecarios. Todo fue así, casi de en sueño, hasta que Arrwn se enamoró. Fue de la hija de Ardras Caerdan, Alessia Caerdan, quien robó su corazón. El orgulloso rey de Corona Blanca se sintió enormemente orgulloso y feliz de que su hermosa princesa fuese a contraer matrimonio con alguien tan grande como Arrwn Dagoran el Sabio, como le proclamaban en su tierra natal. Ambos tuvieron una vida apacible tras una boda tan fantástica como la que sueñan las jóvenes princesas de 10 tiernos años de edad y sin embargo, todo fue a peor cuando Alessia contrajo una gravísima enfermedad. Nadie supo qué la ocasionó, nadie sabía siquiera si era algo hereditario de algún antecesor de los Caerdan, pero la nueva reina de Dravalan, el reino de los Dagoran en el archipiélago de Valandur, empeoraba casi cada día. De una repentina tos ocasional, acabó esputando sangre. Su piel de porcelana se tornó quebradiza como la tierra seca. Sus ojos celestes se rodearon de enrojecimiento y lagrimeos constantes mezclados con sangre. Las especulaciones y sospechas sobre envenenamiento no tardaron en rondar la mente de Arrwn el Sabio y el conflicto no tardó en estallar entre Dravalan y Corona Blanca, cuando el rey Ardras, padre de la esposa de Arrwn, exigió que su hija fuese devuelta a su tierra natal donde podía ser tratada en el seno familiar. Aquello ofendió profundamente a Arrwn, pero temiendo por la vida de la reina, la devolvió a Corona Blanca a los brazos de su padre, donde durante semanas fue tratada sin descanso por los mejores maestros médicos y sanadores. Tristemente, la joven alcanzó su final en menos de un año. Entonces tanto el corazón como la mente de Arrwn se rompieron en mil pedazos.

El reino de Dravalan se ensombreció hasta niveles insospechados mientras su rey se demacraba cada vez más junto a un trono vacío donde antes se sentó su amada. Le llegaron ofertas de matrimonio en decenas y a cada mensajero se le aportó un castigo ejemplar. No volvería a enlazarse con nadie, nunca jamás. Si no era Alessia, no sería ninguna. Fue aquel pensamiento funesto que lo llevó a una gran obsesión... ¿Y si había forma de traerla de vuelta? ¿Y si era posible, ya que los Dagoran eran descendientes de Ardum según las historias, alcanzar el poder para traerla de vuelta sólo a ella? Arrwn dejó atrás el trono, en manos de su hermano Lorwen como sustituto y rey en funciones mientras él viajaba. Recorrió por completo el archipiélago y luego el gran continente. Sus pies besaron cada suelo diverso que puebla Eregon y durante años, estuvo ausente de sus deberes como rey... hasta que descubrió, por su propia mano, las tierras más allá del cinturón de los reinos, conocida hoy día como las Tierras Negras. Nunca contó a nadie cómo ni donde lo consiguió, pero trajo consigo un conocimiento arcano que le abrieron las puertas al poder de los dioses. El poder residía pues en el material de los dioses, con lo que dieron forma al mundo: las manos y la voz. Fue así como forjó él mismo dos guanteletes de hueso de dragón Wyvern, que según afirmaba en sus delirios, había hallado en las Tierras Negras y había asesinado. Con los guanteletes, protegería sus manos y su voz la protegió tras un yelmo negro con forma de cabeza de dragón. Aquel día nació el Nigromante.

El anteriormente conocido como Arrwn desapareció para siempre. El buen y sabio rey se enclaustró en los sótanos más oscuros del castillo de Dravalan dejando por completo de lado a su familia y sus labores como rey, loco y obsesionado, formulando mil y un conjuros prohibidos para intentar traer de vuelta a la vida a su amada, pero aunque su poder crecía y se volvía capaz de cosas asombrosas, nunca encontró la forma de traer de vuelta a Alessia. Y de ello, culpó a Ardras. Había incinerado el cuerpo en un ritual sagrado y había enterrado sus cenizas en un lugar secreto, un lugar que ni siquiera el poder del Nigromante podía alcanzar.  Las caoticas reflexiones del rey de los Señores del Fuego le llevaron a cavilar y decidir que todo ello había sido un plan maléfico en su contra, para aprovecharse de él. Todos los reinos sabían del poder de los Dagoran. Todos los reinos ansiaban un poco de la gran riqueza y plenitud de Dravalan y Ardras utilizó a su dulce hija como moneda de cambio, pero la envenenaron y la dejaron morir dejando ya un enlace entre Corona Blanca y Dravalan, aprovechando el ciego amor que Arrwn sentía hacia Alissia, para asegurar el devenir de los Caerdan. Una vida a cambio de una Casa completa. Una mentira, una traición, sobre la que se apoyaban y lloraban lágrimas falsas mientras pedían ayuda y dinero a los Dagoran. Arrwn juró, en nombre de Alissia, que acabaría con todo de una vez por todas. Desapareció desde entonces y para siempre de Dravalan, dejando el reino sin un rey coronado.

Viajó solo y se asentó en las Tierras Negras, donde alzó la fortaleza de Gorathur. Allí, comenzó a formar sus planes. Desde las sombras, movió hilos para enfrentar a las grandes Casas de los reinos y sus vasallos. Incluso atrajo a valientes hombres a su causa, a los que adoctrinó y labó el cerebro para que le siguieran ciegamente. De la montaña una vez conocida como Corazón del Mundo, sacó sus entrañas en forma de un volcán aterrador y de sus incansables e incesantes llamaradas y magma destructor, volvieron a la vida los hijos de Ardum, los wyvern, que poblaron los cielos de las Tierras Negras y conformaron un terrible ejército, tantos que oscurecían el sol cuando volaban por el cielo. Semejante poder llamó la atención de los hijos de Ecat, los Titanes de Itharwen, que debatieron lentamente sobre su debían tomar algún tipo de acción. Ethrandul, uno de ellos, decidió tomar cartas en el asunto pero no de la forma en que sus hermanos y hermanas esperaban: se unió al Nigromante, creyendo en la causa que su poderosa lengua oscura proclamaba: la era del hombre debía acabar, pues sólo maldad y codicia es cuanto poseen en el corazón. El Nigromante era, según él, una herramienta de Urdil para limpiar y rehacer la maldad que envenenaba un mundo tan glorioso como Eregon. Una vez Ethrandul se unió a sus filas, la guerra no hizo más que comenzar.

Los historiadores la llamaron la Guerra Negra, otros la llaman la Guerra de los 100 años, pues generaciones nacieron, crecieron y murieron bajo el yugo del Nigromante. Era un ser poderoso, más que cualquier hombre. Se limitó a jugar durante décadas a las masacres. Arrojaba a sus sombras aladas, los temibles wyverns, contra pueblos y aldeas indefensas. Enviaba a sus huestes contra los ejércitos de los reinos. Comandaba a Ethrandul a derribar las murallas de los castillos, sin nunca acabar la batalla. El Nigromante se convirtió en el terror, se convirtió en el miedo absoluto. Él era la pesadilla de niños y reyes. Quería causar daño, un dolor insoportable, tanto como el que él había sufrido. Por cada uno de sus wyverns, caían cien hombres. Por cada batallón de 500 soldados, 200 desertaban a favor del Nigromante llamados por la oscuridad de su poder. Por cada ariete, catapulta o maquinaria de guerra que intentaran construir, bastaba solo Ethrandul para limpiar el terreno. No fue hasta que los Titanes de Itharwen se unieron a los ejércitos de los reinos hasta que los reyes de antaño vieron por fin una posibilidad de vencer. Los sabios hijos de la naturaleza estudiaron dedicadamente los movimientos del Nigromante y sus ejércitos. Descubrieron el poder que había en los huesos de los wyvern y transmitieron ese conocimiento a los hombres. Así fue forjada la legendaria espada Vendrak, poseida por la familia Vardaryel, capaz de penetrar y sesgar cualquier armadura, incluso las escamas de los dragones, con total facilidad. Fue ese arma la elegida para poder acabar con el Nigromante. Portada fue en batalla la magnífica espada por Orsalom Vardaryel, que murió como héroe acabando con un enemigo tras otro, abriendo camino en la Batalla de Puertas de Penumbra, bajo la fortaleza de Gorathur. Todos los reinos, incluso los Dagoran que se negaban a morir bajo el yugo de su antiguo buen rey, ahora traidor, se unieron por primera vez bajo un mismo estandarte común y consiguieron penetrar la fortaleza. Fue Ardras, malherido, quien portó a Vendrak, arrancada de las manos muertas de su amigo Vardaryel. Allí le esperaba Arrwn, ahora simplemente el Nigromante, el Oscuro o la Pesadilla de Gorathur
-Los vientos te traen a mí- gruñó la voz corrupta del Nigromante -Y con la ceniza que arrastra, volverás a Caerdyll. Tus restos serán los primeros, viejo Caerdan, en sembrarse en tus tierras profanadas-
-Tú eres el profano, a quien maldigo. Como maldigo el momento en que te entregué a mi hija. Mejor descansar en la muerte, que morir de dolor viéndote convertido en el mayor de los enemigos del mundo-
-¡No oses hablar de Alissia en mi presencia!- sólo tuvo que alzar la voz para que Ardras se arrodillase ante él como si le hubiese caido el cielo encima. Arwn, arrogante, se acercó al herido rey -Vuestra codicia la separó de mí, le arrancasteis la vida y yo me aseguraré de desgarrar la vuestra con el mayor dolor que pueda soportar vuestros frágiles cuerpos. No podéis hacer nada contra mí, pues fui bendecido por el rey de Dioses. Urdil me otorgó estos dones- se acuclilló, despacio, ante Ardras -Confiesa, rey exánime, que envenenaste a tu hija para devastarme y convertirme en una marioneta del dolor-
-No ha existido más amor en este u otro mundo que el que tenía hacia mi hija, mi dulce hija... Nunca le haría daño ¡Ni siquiera por todo el oro del mundo!-
-¡Embustes! ¡Falacias!- tronó la voz del Nigromante, grave como el eco de una cueva -Mi maldición ha sido no poder traerla de vuelta, pero oh, Ardras, a ti será el último a quien arrebate el alma. Acabaré contigo y te traeré de vuelta hasta que el mundo se desmorone y yo con él. Hasta entonces morirás mil veces y renacerás otras mil, para morir de nuevo hasta mi hastío... y mi paciencia es infinita-
-Cuan arrogante, Pesadilla de Gorathur...- alzó la mirada Ardras -Y esa arrogancia es tu fin-
-No hay mortal que pueda detenerme, Ardras-
-Sí un mortal con la herramienta adecuada- aprovechando la cercanía que mantenía con el Nigromante, alzó a Vendrak con violencia y cortó el guante y con él, la mano del Nigromante. El monstruoso rey oscuro profirió un alarido de otro mundo. Aprovechando esa debilidad, Ardras atacó de nuevo y cortó la otra mano, desvalijándole de gran parte de su poder. El Nigromante cayó de rodillas y Ardras, herido y desangrándose, cayó frente a él de la misma manera
-No me has vencido...- masculló el Nigromante
-Has perdido por fin tras años de guerra... muchos han muerto por tu culpa, Nigromante. Y por fin se acaba-
-Seguireis muriendo aún con mi marcha, Caerdan. Os aguardan años de penurias. Mis wyverns no desapareceran. Mis acólitos seguirán batallando y me rendirán culto. La sombra se extenderá por 100 años sobre vosotros... ¡Mi ira no se apagará jamás!-
-Se acabó... Arrwn- Ardras alzó de nuevo a Vendrak -Por Alissia... y por Orsalom- con un fuerte golpe de brazo, cortó la cabeza del hombre al que reconoció como el gran y sabio esposo de su amada hija. El cuerpo del Nigromante entonces comenzó a evaporarse, a transformarse en ceniza y vapor negro, mientras Gorathur comenzaba a desmoronarse. El tirano había caido.

Sin embargo se cumplieron, como llaman los historiadores, las palabras del Nigromante. Ardras murió tiempo después debido a las heridas y marcado por la sombra del Oscuro, como una terrible afección, aunque consiguió narrar en sus memorias su último encuentro con Arrwn Dagoran. Durante años, abarcando prácticamente una totalidad de 100, murieron muchos, hubo enfermedades, escaseó la comida. Los wyvern supervivientes fueron desapareciendo, pero hasta que lo hicieron, causaron verdaderas masacres. Ethrandul desapareció tras la batalla también y los acólitos del Nigromante se dispersaron con el tiempo. Tal fue la calamidad y la maldición del Oscuro, que los Dagoran, su linaje, desaparecieron lentamente y Dravalan fue devorada por una enorme marea en una tormenta nunca antes vista. Aún hoy día, se dice que la mente inmortal del Nigromante fue el causante de todo aquel sufrimiento, pues sus guanteletes y su yelmo nunca fueron hallados. Su lengua y sus manos nunca fueron destruidas en totalidad... o nadie fue testigo de ello. Hay quien cree que ese temible poder anda perdido en Eregon y quien lo encuentre... puede convertirse en un nuevo dios, o un nuevo destructor.

-Vaya una historia- rió Nyr -¿De verdad te crees que todo eso pasó? Wyverns, Titanes, los ejércitos de los reinos unidos... ¡Joder, esa sí que es buena! Me creo, como mucho, lo de los Dagoran. Hay muchos indicios de que existieron pero... demasiada fantasía. Jamás he conocido a alguien que sea capaz de utilizar magia. Ni siquiera los que tienen una polla considerable saben usarla mágicamente- bufó
-Es cuestión de puntos de vista- sonrió Vael -No esperaba que lo creyeras-
-¿Tú sabes hacer algo de magia?- lo miró de arriba abajo -¿Me enseñarías...?-
-Nyr...- dijo la voz cansada de Dorren a sus espaldas -¿Qué te tengo dicho? ¿Te tengo que poner a pelar pescado otra vez para que aprendas?-
-No estoy coqueteando con él- gruñó la chica
-Pues deja de acercar tu mano a su "varita mágica"- Vael no se había percatado. Era hábil como una ladrona. El muchacho se levantó del barril y se alejó de ella
-Eres toda una gata nocturna- apuntó el joven
-No sabes cuanto... porque no me dejan- miró despectiva a su padre
-Sí, no te dejo. Ahora aire. Demasiada magia para ambos por hoy. Vaya cuentecitos, Vael...-
-A mí me gustan- se encogió de hombros el muchacho
-Sí, ya...- Dorren fue a marcharse, pero antes de irse miró de nuevo a su hijo adoptado por encima del hombro -Dime una cosa Vael... ¿De verdad crees que existen esos guanteletes y el yelmo? Es decir... ¿El poder del Nigromante?-
-Yo creo en ello. El mundo es desconocido y aunque han pasado demasiados años, casi un milenio, si miras bien, las huellas del Nigromante parecen estar en este mundo-
-Ya veo... ¿Y decían las historias que si alguien lo encuentra, obtendrá dicho poder?-
-Eso dicen, es sólo una especulación. Pero nunca se ha sabido de nadie que haya encontrado semejantes artefactos-
-Interesante. Ciertamente interesante- sonrió Dorren, volviendo al castillo de popa, hacia el timón
-Me temo que has captado la atención de alguien- susurró Ardras tras Vael, cruzado de brazos y dejándose caer en la baranda de estribor. Nadie más que el chico podía verle y oirle
-Eso parece- masculló, rascándose la nuca
-Esos artefactos existen, Vael. Debes creerme. Lo viví-
-Lo sé, Ardras... te creo. De verdad te creo. A fin de cuentas eres un espectro que por alguna razón está atado a mí... ¿Cómo no creer en la magia?- rió con pesadez
-Agradezco que me creas chico... pero en lo que debes creer sobre todo es que ese poder no debe caer nunca en malas manos...- ambos, Ardras y Vael, miraron hacia Dorren, que sonreía sumido en pensamientos mientras manejaba el timón.

jueves, 20 de julio de 2017

Una pesada corona

Las espadas chocaron una vez más, ya cuando el aliento apenas salía de la boca del joven príncipe Rein Caerdan, futuro sucesor de Corona Blanca. Aquella era una nueva mañana más de entrenamiento, una más en la que no encontraba la motivación suficiente. Por más que se movía, por más que ejecutaba fintas perfectas, por más que golpeaba y sus músculos se tensaban hasta el punto de que la blusa gris sudada que llevaba puesta le molestaba y le hacía sentir apretado, no conseguía vislumbrar esa luz en la rabia, en la adrenalina, no encontraba el ardor que su instructor, Arlon Domas, la Espada del Rey, le exigía -¡Con más garbo, chico!- dijo el hombre, de edad similar a la del rey Hardt, que como siempre, presenciaba junto al consejero el entrenamiento de su hijo -Puedes golpear con más fuerza, puedes hacerlo mejor ¡Un rey debe imponerse sobre los hombres, no sólo con la voluntad ni con la creencia ciega de que una corona te otorga autoridad y poder, debes demostrarlo blandiendo la espada!- los aceros volvieron a chocar de forma repetida mientras Arlon hacía retroceder incansable al príncipe, que se sentía cada vez más y más agotado -¡Vamos o te mataré! ¡Lucha o muere, príncipe cobarde!- vociferaba
-¿No... se está excediendo un poco?- el consejero se rascó incómodo la barbilla
-¿Alguna vez te he contado por qué Arlon es mi Primera Espada, Stark?- preguntó su majestad con mirada poderosa, sin apartar la vista de su hijo
-Reiteradas veces, mi señor- sonrió el consejero -Siempre decís que su ímpetu sólo es comparable con la lealtad que os profesa-
-Efectivamente- asintió el rey -Y sólo él es capaz de formar a Rein como merece-
-Sin embargo no logro si no ver que el príncipe acaba sufriendo cada nuevo día de entrenamiento-
-El sufrimiento nos endurece. No forjas una buena espada sin darle forma a martillazos-
-Quizá Rein no esté hecho para combatir, mi señor- suspiró Stark
-Tiene el cuerpo, los brazos, el torso, los hombros y la espalda. Tiene una musculatura magnífica y una buena agilidad. Este hijo mío sólo necesita mentalizarse sobre la labor que le ocupará dentro de poco-
-¿Poco?- Stark miró a su rey -¿Qué queréis decir? Aún sois joven y estáis sano-
-¿Joven y sano?- sonrió -Ah, Stark, nadie puede conocerte mejor que tú mismo y ese es mi caso. Siento, tengo la sensación, de que el sol de mi reinado empieza a ponerse en el horizonte-
-Sandeces señor... Son sólo malos pensamientos, malos augurios- la conversación se vio interrumpida por un alarido de Rein, que cayó al suelo derribado con una herida horrible en el costado. Un corte diagonal que no dejaba de sangrar. El príncipe se tapaba con una mano la herida, pero la sangre manaba y caía aún entre sus dedos
-¿¡Ya está!?- rugió Arlon -¿¡Eso es todo!?- lanzó una fuerte patada directa a la mandíbula del príncipe, derribándolo. El rey se acercó junto al consejero al lugar donde su hijo había caido derribado. Arlon se apartó con un paso atrás, limpió la hoja ensangrentada de la espada en la manga de su jubón y la envainó. Compartió una mirada momentanea con el rey -No está listo- sentenció el instructor
-Mis ojos aún funcionan lo bastante bien como para haberlo comprobado yo mismo- dijo el rey con tono aburrido
-Padre... yo...- Rein trató de ponerse en pie con cuidado -Lo siento, es sólo que...-
-Arlon, Stark... dejadnos a solas- ordenó secamente el rey. Ambos hombres se retiraron tras una ligera inclinación de cabeza. En el patio de entrenamiento sólo quedaron los cánticos de los pájaros. La mañana parecía estar nublándose por momentos -Rein...-
-¡Lo intento!- declaró el príncipe -¿Qué más puedo hacer? Agh...- se dolió por elevar la voz
-Intentarlo... Ah, Rein, intentarlo a veces no es suficiente- dijo el rey acercándose más a su hijo, levantándole la blusa para ver la herida -Hay tantas cosas que un hombre puede intentar, hijo mío, que si nos basáramos sólo en ello, no habría nada más por hacer en la mera existencia- de su cinturón, el rey extrajo algo de algodón y unas vendas. Comenzó a curar con cuidado la laceración en el costado de su hijo
-¡Padre, sois el rey...!- intentó resistirse Rein
-¿Es quizá esto en lo que he fallado, hijo? ¿En qué momento cometí el error de mostrarte que un rey no puede sanar el dolor de alguien? ¿En qué momento te hice pensar que antes que padre, soy el hombre que lleva la corona?- la mirada profunda y grisacea de Hardt se clavó en los celestes ojos de su hijo
-Yo... sólo intento pensar que...-
-Lo intentas constantemente, todo- dijo comprensivo -Pero debes dejar de intentarlo para directamente actuar, dejarte llevar. Déjame decirte Rein, que por mucho que lo intenté, no conseguí que salvaran la vida de tu madre cuando te dio a luz. Por mucho que intenté apaciguar las rebeliones de los Cuervos con la paz, no lo logré... Intentarlo no es siempre el paso hacia alcanzar un objetivo-
-Pero cuando luchas por algo... lo estás intentando-
-Intentarlo lleva implícito un posible fracaso, Rein, esa es la lección que debes tener en cuenta- finalmente, el rey terminó de apretar las vendas al rededor del torso de su hijo. No tardaron en empañarse con sangre, pero cortaría la hemorragia tarde o temprano -Conforme pasen los años, hijo, tendrás menos oportunidades para intentar nada. Deberás actuar. Hacer, deshacer, o fracasar. El mundo está repleto de hienas traicioneras, víboras hambrientas que aguardan cualquier fallo por pequeño que sea para usurpar el poder... y tú tendrás uno bien importante entre manos. Tendrás Corona Blanca, núcleo de Eregon y Puente de Reinos- Rein bajó la mirada
-¿Cómo puedo lograrlo?-
-Halla tu propósito-
-¿Mi... propósito?-
-Todo ser vivo tiene un propósito Rein y el tuyo aún no está en absoluto claro. Vivir el día a día sin un propósito es igual de inútil que caminar a ciegas. Si no hay una luz en el horizonte que te guíe en tu camino, tarde o temprano, caerás por el vacío- Hardt posó su mano sobre el hombro de su hijo -Descansa por hoy, pero reflexiona en todo cuanto te digo, Rein. El tiempo se acaba. Puedo sentirlo-
-¿Qué quieres decir?-
-Lo comprenderás, ojalá más tarde que pronto-
-¿Padre?- el rey se marchaba -¿Padre? ¿Qué quieres decir?-
-"Cuando los cielos ardan en llamas rojas y la tierra se desvanezca bajo el peso de las sombras. Cuando los mares sean de sangre y el agua se torne magma, el viento será ceniza"- recitó a medias taciturno. Rein lo observó desaparecer ¿Qué le pasaba a su padre?
-"Y alas negras como la noche sin estrellas agitarán nuestros temores, así como su oscura voz atenazará los corazones. En las redes de las tinieblas y bajo los hilos del destino, el hombre hallará su fin en los Vientos de Ceniza"- dijo la amable voz de un hombre cerca del príncipe, acabando la vieja leyenda de los Vientos de Ceniza, una antiquísima canción cuya melodía se había olvidado y ahora simplemente lo llamaban poema o leyenda -Hoy su majestad está un poco siniestro ¿No crees?-
-Galhad...- sonrió Rein
-Tienes mal aspecto, cualquiera diría que te han dado una paliza- se burló
-Te voy a partir la boca, desgraciado- rió el príncipe al capitán de la Guardia de Plata, la guardia real y protectora del castillo
-Sí, sí, no pondré en duda tu destreza- volvió a reir Galhad, que en la intimidad, se permitía el lujo de tutear al príncipe, pues desde hacía ya años eran grandísimos amigos -Y menos pondré en tela de juicio las labores médicas de mi rey, pero creo que debería desinfectarte esa herida y ponerte unas vendas en condiciones. Anda, ven conmigo, Príncipe Bufón- ambos echaron a caminar con unas amplias sonrisas en el rostro. Por fin, pensó Rein, un poco de tranquilidad.

El Trono y la Espada

Los cabellos rubios de la hermosa mujer caían sobre sus hombros en rizos ondulados que bailaron al son del feroz movimiento de cabeza que ejecutó a la hora de alzar la copa para acabarse el vino de una sola sentada. Tan repentino, que aspiró con fuerza para retomar el aliento. Se limpió las lágrimas de los ojos enrojecidos. Acababa de morir su padre, un año después que su hermano. Estaba sola y sobre su cabeza reposaba una tiara plateada -¿Piensas dejar de beber alguna vez?- regañó una furiosa mujer, su madre, la reina, que aún vivía
-Padre falleció anoche. Tu rey, mi rey, perdió la vida anoche...- frunció los labios -¿¡Y ya estás dispuesta a casarte!?- rugió, arrojando la copa contra la pared. El vestido de seda rojo crugió un poco ante el esfuerzo del movimiento
-Una reina debe tener un rey, Dara. Es como...-
-¿El ajedrez? ¿Vas a venirme con esa ridiculez?- contuvo una carcajada burlesca
-Contén tu lengua, hablas con tu madre y tu reina-
-¿Dirás lo mismo a tu próximo eposo? ¿O dejarás que use la lengua como le de la gana para así mantener el reino protegido?- la bofetada restalló hasta en los pasillos. El castillo estaba en completo silencio
-No pienso tolerar... ni una bravata más...- advirtió la reina Ivory. Le temblaba la barbilla al comprobar la furibunda mirada de su hija, a la que adoraba. La única familiar que le quedaba viva -Ojalá... lo pudieses entender. En este ridículo mundo de hombres... las mujeres no tenemos lugar. Como reinas o princesas ¡Incluso como simples campesinas!- vociferó -Sólo somos monedas de cambio, hemos de conocer nuestro lugar. Somos pactos con piernas. No, somos pactos con...-
-Coños- dijo entre dientes Dara, como una serpiente -Así nos ven ¿No es así? Coños, tetas y un culo en el que echar su simiente. Somos griales donde verter el líquido de la vida- apretó los puños -Valemos más... ¡Podemos arreglárnoslas solas!-
-Querida mía...- le acarició la mejilla -Claro que sí... ¿Pero qué puedo hacer...? Tenemos abanderados, vasallos que respetaban a tu padre, a los Vardaryel. Y yo no soy una de ellos- sonrió con tristeza -Adopté el apellido por matrimonio y no tolerarán a una reina extranjera. He de casarme-
-Y coronar a un desgraciado que se aprovecha de la muerte de mi padre ¡Eso no es ser vasallo, es ser una bestia carroñera!-
-He de hacerlo...-
-¿Y le darás descendencia?- preguntó entonces sécamente Dara
-¿Qué...? No sé, yo... creo... que mi vientre no está en las condiciones adecuadas para...- calló y reflexionó -¿Pero qué quieren los hombres a parte de... nuestro cuerpo...- Ivory era demasiado sofitsicada como para pronunciar palabras malsonantes -si no hijos? Descendencia, Dara... lo más importante del mundo...-
-No encuentro dicha importancia-
-Eres joven aún Dara. Demasiado joven incluso para beber ese maldito vino. Pero cuando pasen los años lo entenderás. Querrás ser madre y tu esposo, el rey, querrá ser padre. Y sus hijos serán el futuro de nuestra tierra. El futuro de esta Casa- aguantó un sollozo -Dara... sólo espero que puedas entenderme, espero que puedas comprender lo difícil que es para mí todo esto, el cuanto añoro a tu hermano y a tu padre... y cuan doloroso es para mí sentar a otro hombre en el trono... Algún día llegará tu momento, mi querida hija, y espero que recuerdes mis palabras. Que me recuerdes y entiendas mi pesar- Ivory se dio media vuelta para salir de la habitación, dejando a su hija sola para que reflexionase cuanto fuese necesario. Una vez se cerró la puerta, la vista de Dara pasó automáticamente a las paredes. Estaba en la habitación real. Allí era donde su madre y su padre dormían. Allí estaba la gran cama matrimonial donde ambos yacían, conversaban y se amaban. Otro hombre, por la ley de los hombres en un mundo de hombres usurparía ese lugar, usurparía el trono, la corona y la esposa del buen Godroy Vardaryel. Sobre la cama, además, había un objeto envuelto en un paño. Dara se acercó para desenvolver el objeto y lo que encontró fue a Vendrak, la espada forjada, decían las historias, con un colmillo de dragón en la Guerra Negra contra el Nigromante de Gorathur. Con cuidado, comenzó a desenvainarla. La hoja refulgía tan brillante como el acero más bruñido, pero el sol arrancaba de ella unos destellos de obsidiana. La chica se miró con medio rostro reflejado en la hoja
-No entenderé tu pesar, madre, pues no lo sufriré- masculló, mirando su reflejo, como hipnotizada por la hermosura de la espada -Cortaré con este acero las cadenas de este y todos los reinos si hace falta... y cuando la corona me pertenezca no habrá hombre que dicte a la reina Vardaryel lo que ha de hacer...- finalmente, se obligó a apartar la mirada de la hoja y la envainó de forma sonora, con fuerza, degustando el sonido del acero recorriendo la vaina.

La Dama y la Bruma

En Risco Cielo siempre suele hacer una ligera bruma, en ocasiones caen lloviznas. Sin embargo, en la Torre de Luna, la torre más alta del castillo donde se encontraban los aposentos de la reina Elaina de los Ulduim, aquel día era especialmente espectral. La bruma era densa, espesa y desde el balcón casi podía tocarla con las manos. En la baranda del mismo había tres velas en fila, que encendía con sumo cuidado y trataba de mantenerlas encendidas a toda costa. Llevaba horas allí, luchando contra la humedad de la niebla para que no apagara las llamas que representaban la memoria de sus tres hijos, muertos hacía ya tiempo -¿Cuanto más he de esperar...?- masculló, cansada. Parecía mucho más mayor de lo que era realmente. El rostro ligeramente arrugado y unas bolsas en los ojos muy marcadas por las ojeras por el constante mal dormir. Sentía una fría y gélida mirada constantemente rodeándola, allí, en el lugar más alto de Eregon construido por los hombres, sólo superado por la fortaleza de Gorathur, que decían, era tan enorme con las montañas impías de Nornabog -Decidme hijos míos... ¿Cuanto más he de esperar...?- acarició las velas con cuidado para no quemarse. Unas lágrimas perladas cayeron por su rostro. Le costó la misma vida no desgañitarse llorando una mañana más. Estaba tan sola, tan terriblemente desamparada... y aún así, no quería a nadie más cerca de ella. Las doncellas, los soldados, pocos o ninguno se acercaba más de lo que la reina permitía. En el castillo y en Ciudad de Nubes, bajo el castillo y Torre de Luna, se rumoreaba que desde hacía años, desde que murió el último de sus hijos, Benhal, la última de la casa Ulduim se volvió realmente loca. A pesar de su edad y lejos de los entresijos con los demás reinos, estaba tan encerrada en sí misma que ni siquiera toleraba visitas de los vasallos. De hecho, se le comunicaba constantemente que estaba perdiendo apoyo de las familias menores y la nobleza, que dejaban atrás los juramentos de lealtad y protección ante una reina loca que se consumía en lo alto del cielo, pero para Elaina todo era insignificante. No le quedaba nada. Le arrebataron absolutamente todo. Sin sus hijos, lo que constituía su mundo, no existía
-¿Majestad...?- preguntó una sirvienta que entró, furtiva -Os... os he traido algo de comer. Lleváis dos días sin probar bocado y me temo que no podemos tolerar que nuestra reina desfallezca...-
-Ah... oh...- empezó a reir la reina -Querida... ¿Cómo te llamabas? Perdona, he olvidado tu nombre-
-M-me... me llamo Ealoy- bajó la cabeza respetuosamente -Soy nueva, majestad. No ha olvidado nada-
-Sí... he olvidado...- trató de no llorar -He olvidado el rostro de mi esposo, mi rey... He olvidado el rostro de mis dos hijos y pronto el de Benhal desaparecerá del todo de mis recuerdos...- sollozó
-¿Mi señora...? ¿Por qué decís eso?-
-Ealoy...- suspiró pesadamente -Pronto dejaré incluso de recordarte a ti...- la muchacha, preocupada, se acercó a la reina con sumo cuidado tras dejar la bandeja sobre la cama de la misma. Ante la enorme pena que sentía su señora, la chica se permitió tomarla de las manos
-No digais esas cosas, majestad. Aún queda vida por delante- sonrió -Y todos cuantos os servimos trataremos de hacer de su vida de nuevo un cielo soleado como el que a veces brilla en nuestro hermoso reino-
-No, querida... el sol se apaga con cada nuevo amanecer. Lo veo, lo siento, sus ojos, su mirada... está despertando, está regresando, su maligna influencia...- Elaina comenzó a apretar con fuerza las manos de la chica
-M-mi señora... me hace daño...-
-No lo entiendes Ealoy... no puedes entenderlo, eres joven, no le conoces... no le conoces como yo le conozco. Nadie en Eragon le conoce como yo le conozco, nadie vive para recordarle y sin embargo me eligió a mí, presa del pánico y el dolor, el sufrimiento, la pérdida- la mirada de Elaina estaba perdida
-Majestad por favor, me duele- Ealoy trataba de librarse del agarre de la aparentemente desquiciada reina -¡Por favor, deteneos!-
-El fin se acerca querida... el fin... La negra sombra de Gorathur empieza a alzarse y esta bruma es prueba de ello. Esta niebla es la sombra del Nigromante. El viento huele a ceniza, la ceniza de los jóvenes y los ancianos, calcinados por el fuego de sus malditos demonios de las entrañas más oscuras de la tierra- Elaina le soltó las manos y la agarró del rostro con suavidad -Por eso... perdóname, querida Ealoy, por ser sólo una vieja loca...-
-N-no os preocupéis majestad... Yo sólo quería ayudar...- sollozó, doliéndose de las manos
-Lo sé, cielo, lo sé... por eso te ayudaré yo también a ti... Te ahorraré sufrir semejante pesadilla- sonrió lúgubre y enfermiza para terror de Ealoy -Me lo agradecerás cuando nos encontremos, pronto, en Urdalha- y sin más, no necesito demasiada fuerza ni distancia. Bastó un suave empujón aún sosteniendo su rostro. La chica cayó desde muchísimos metros de altura y en cuestión de segundos se perdió en la bruma. Elaina se mantuvo en el balcón después de todo, volviendo a encender una y otra vez las velas de sus hijos, para recordarles, rendirles tributo a sus almas... y para que el calor y la luz alejara las sombras que se extendían desde Nornabog

La Chica y el Mar

Con la ola del mar la barca llegó a la orilla, y no una sino varias a lo largo de la pequeña playa de Muriel, el pequeño pueblo en la costa de Caerdyll, bajo la supuesta protección de Corona Blanca, aunque el historial del pueblo dejaba mucho lugar a dudas. Aquel atardecer precioso trajo paz a los corazones de los pescadores que salían del agua con sus botines. Eran pocos y menos aún eran los peces que traían con ellos, pues el Mar Esmeralda era conocido por sus corrientes traicioneras y pocos animales acuáticos se acercaban a las orillas, por no hablar de lo terriblemente peligroso que era adentrarse en mar abierto con las pobres barcas que tenían los murielanos. En esas, concretamente, destacaba la figura de una chica que esperaba con los pies descalzos enterrados en la húmeda y fina arena de la orilla mientras veía la barca de su padre acercándose. Seguramente, sabía la joven, no traería gran cosa, como el resto de pescadores, pero aún así sería suficiente como para venderlo y vivir de ello. Era el mismo ritual de todos los días. El mismo sistema. La misma rutina. A su tan corta edad, con apenas 9 primaveras, Saoirse ya se hacía una ligera idea de la clase de vida que le aguardaba, de modo que sólo le quedaba soñar. Observando a la pequeña población hacer sus vidas y siendo todas prácticamente la misma, se distraía a veces mirando los Colmillos, una cordillera montañosa que casi rodeaba en la distancia el pueblo de Muriel y que dificultaba la entrada y salida al mismo si no era por mar, y ese era el mayor de los problemas a veces, el mar. En aquellos momentos, divagaba. Miraba el atardecer y se preguntaba cómo era tan bonito. Se imaginaba que el crepúsculo eran los cabellos de una mujer, de color anaranjado como el fuego, mientras el sol besaba y se fundía con el mar -¡Saoirse!- vociferó entonces su padre, tirando de la barca -¡Échame una mano hija mía!- reía el hombre, que se había aventurado algo más lejos de lo normal y feliz volvía, por haber atrapado a un gran número de peces. La joven daba saltitos de alegría al ver la gran remesa de pescado que había en los viejos cuvos de madera dentro de la barca. Arrancaría envidias y comentarios de crítica, sobre todo de Ayelin y Mera, dos supuestas amigas que gustaban demasiado de burlarse de ella y de su padre, por ser algo más flaco y menos musculado que sus padres o hermanos a pesar de ser un pescador, alguien que no debería "arriesgar" su vida tan tontamente en el mar debido a su complexión. Y sin embargo, esa tarde, él ganó.

Aquella noche, para celebrarlo, cenarían fuera, en la playa. Era una ocasión excepcional, pues en ocasiones la brisa marina eran tan terriblemente gélida que era insoportable, básicamente un castigo, estar en el exterior del hogar al caer la noche. Sin embargo, al haber recogido Ciaran una cantidad de madera apreciable, la fogata que fueron capaces de encender daba un calor suficiente para que el frío fuese un mero invitado que se marchaba en seguida. Además, los peces que había capturado Ciaran eran de un tamaño considerable. Había de sobra para cenar y para vender y el olor que desprendían al asarse a las brasas era tan atrayente que la mente fantasiosa y juvenil de Saoirse le hizo pensar que podría venir el propio rey a querer degustar un manjar tan exquisito, pues el sabor no se quedaba atrás. Padre e hija tuvieron agradables conversaciones, aunque monótonas y rutinarias, pues Ciaran hablaba de la pesca y Saoirse de sus labores en la casa, que eran limpiar, matar insectos insidiosos y de vez en cuando desenredar las redes de pesca que su padre no se había llevado o incluso intentar coserlas y arreglarlas, toda una ardua tarea. Aun así era una noche agradable, más que cualquier otra que recordara la chica, debido a que en muchas ocasiones todo se resumía a tristezas y preocupaciones por la escasez de la pesca. Pero esa noche, debió de ser esa noche, cuando mirando al horizonte, con la luz de la luna, Saoirse distinguió una forma en el mar.

En cuestión de minutos los habitantes del pueblo comenzaron a salir de sus casas una vez Ciaran dio la voz de alarma. Dorren había regresado. El hombre ya salía de las orillas arrastrando las botas por la fina capa de agua mientras se reía ¿De qué se reía? Ciaran nunca encontraba respuesta. Dorren a veces se reía porque sí, porque se imaginaba simplemente lo que les iba a hacer a algunos -¡Muy buenas noches!- saludó enérgicamente al coro de pueblerinos que habían ido a la orilla a recibirlos -¿Cómo va todo, amigos mios?-
-¿No es un poco pronto?- preguntó Ciaran
-¿Pronto...? Te parece pronto casi un año fuera ¿Tan poco me has echado de menos, Ciaran?- rió
-Yo sólo...-
-Ya, ya lo sé, ven aquí- Dorren se acercó a Ciaran con los brazos abiertos y lo abrazó, palmeándole la espalda -Ya está, ya está- se separó de él un poco para mirarle a los ojos y le besó la frente -Papá ha vuelto. No se volverán a meter contigo, huesitos- le dio un par de bofetadas amigables pero sonoras y se apartó de él. Saoirse lo estaba viendo todo desde la ventana de su casa. Podía ver a Dorren, a su padre, a los vecinos... y a aquel chico que estaba tras Dorren junto a alguno de sus marinos. Era joven, mucho más que los demás, aunque mayor que ella. Debía tener cerca de unos 18 años y con él también debía de haber una niña de 10 aproximadamente, casi igual que la propia Saoirse. Sin embargo, la mirada de esa niña, su actitud, era demasiado adulta. El joven, sin embargo, parecía distante y aburrido -¡En fin, amigos! ¿Dónde están mis diezmos?-
-¿Pero qué diezmos quieres?- rugió Attalion, padre de Mera. Un hombre bigardo, grande, musculoso y algo barrigón -Siempre vienes ladrando al respecto a cómo proteges el pueblo de los piratas ¡Pero tú eres el maldito pirata!- su esposa trató de calmarlo en vano -¡Estoy harto de ti! ¡Harto de ti y tus sucios secuaces! ¿¡Sabes qué, Dorren!? Hace unos meses fui a Corona Blanca. Di noticias de ti a la guardia ¡Van a realizar batidas por las costas en busca de piratas y espero que te manden con los tiburones, desgraciado! No vas a volver a llevarte una sola dena de mis bolsillos-
-Joder, Attalion- la expresión de tristeza en el rostro de Dorren casi pareció real -Creía que eramos amigos. Hicimos un acuerdo hace tiempo-
-El acuerdo lo asumiste tú, maldito saqueador- ante la actitud agresiva y valiente de Attalion, varios vecinos comenzaron a sumarse a las voces. Eran más que su séquito. Sólo habían desembarcado él y cuatro hombres, sin contar al joven y la niña -Estás en inferioridad numérica. Has cometido un grave error viniendo hoy aquí. Se acabaron tus días de tributos- Attalion echó mano a un cuchillo con el que destripaba los pescados que sacaba del mar, amenazante
-No me esperaba esto ¿Sabéis?- dijo con voz apagada Dorren -Vago por los mares, lejos de la orilla, lejos de tierra, de comida fresca, de agua potable, de mujeres tiernas que apretar en mis manos... para protegeros. Para alejar a las alimañas carroñeras que se echan al mar a malvivir de los inocentes... Os he traido paz. Nadie os ha atacado desde que os protejo ¿Y este es vuestro agradecimiento? ¿Me estáis... echando?-
-Tú eres el único que nos ha atacado, maldita cucaracha- rugió Attalion -Has saqueado y robado cuanto has querido ¡Incluso has forzado a nuestras mujeres cuando te ha dado la gana!- echó a caminar hacia Dorren -Te mereces que te destripemos como al pescado ¡Hijo de puta!- Attalion, enorme y forzudo, alzó el cuchillo para descargarlo contra el capitán de los piratas. Y sin embargo, no llegó a hacerle nada. Con destreza, Dorren desenvainó su propia espada y con un hábil tajo en la pierna derribó a Attalion en la arena. El hombre gruñía de dolor
-Creo que es hora de que hablemos con honestidad- frunció los labios, mirando al público -Soy vuestro benefactor. Vuestro protector. Soy lo más parecido a un dios que conoceréis jamás ¿Y me lo pagáis así? Soy un pirata ¿Lo olvidais? Me conformaba con un tributo, unas cuantas monedas para comprar comida para mí y mis hombres, para mi familia, que vivimos en una casa rodante sobre el mar. Dije que os protegería y joder si lo he hecho. Que vuestros ojos no vean cómo he cortado gaznates de ratas que han venido a devoraros no significa que no lo haga... ¿Y ahora os alzais en armas contra mí?- pisó la mano de Attalion, haciéndole gritar -Qué decepción más grande- clavó, despacio, la hoja de la espada en la mano del hombre y empezó a girar la hoja en círculos. El sonido era asqueroso y los gañidos de Attalion pesadillescos -Soy un hombre de honor y de familia. Tengo una hija preciosa y a un protegido a los que alimentar y cuidar. Y si no trabajo para vosotros para ganarme el oro para criarles y enseñarles, entonces os usaré a vosotros ¿Qué os parece? Ven, Nyr- la niña se acercó con mirada maliciosa -A ver, coge una pluma de esas, para escribir-
-¿Cual?-
-Esos que papá te está sacando- con la mirada, señaló a cómo estaba abriendo la carne de la mano de Attalion hasta dejar los huesos prácticamente al descubierto -Coge uno cualquiera- Nyr comprendió. Agarró sin reparo el hueso de uno de los dedos y comenzó a tirar hasta que el crujido se hizo oir y arrancó prácticamente el dedo sin piel ni carne, más que rastros de sangre y colgajos de nervios. Attalion estaba prácticamente inconsciente por el dolor y perdiendo sangre a borbotones -Ahora practica esta frase, escríbesela en la frente "Debo respetar a quienes cuidan de mí"- la niña hizo lo propio, usando el hueso de pluma y la sangre como tinta para escribir sobre la piel de Attalion. Ante tal aberrante situación, Ciaran no pudo hacer otra cosa que adelantarse mientras otros se retiraban incluso para vomitar
-¡Basta, por favor! Te lo suplico...-
-¿Tú también? Ciaran... ¡Maldita sea! ¿¡Es que tengo que explicaroslo uno por uno!?-
-Dorren... por favor... lo hemos comprendido. No necesitamos ver más...-
-Te voy a decir yo a ti, viejo amigo, lo que necesitas ver- se echó en contra de Ciaran espada en ristre cuando un cuerpecito se interpuso, abrazada a su padre, llorando y pidiendo que no le hiciera daño
-¡Saoirse!- vociferó Ciaran, abrazándola con fuerza -¡No le hagas daño! ¡No le hagas daño!- suplicó
-¿Saoirse...? ¿Tu hija?- Dorren torció una sonrisa -Vaya... A ver...- con cuidado, la apartó de Ciaran -Sólo quiero verte, muñequita. Has crecido- la observó con cuidado. Le cautivaron los ojos claros de la chica -Vaya, por las diosas... qué preciosidad-
-Por favor Dorren...-
-Deja de lloriquear Ciaran, no voy a dañar a una niña tan guapa- sonrió ampliamente -Así que no llores ¿Vale, corazón?- Saoirse asintió con miedo -Bien, bien. Espero algún día verte más grande, más guapa, más mujer. Así que alimentate y crece ¿Vale? Pero procura que papá se porte bien- la niña asintió, más asustada
-¿Dorren...?- Ciaran le miraba, deseando que se marchara y se alejara de su hija
-Sí... algún día será una mujercita muy, muy guapa ¿Verdad, Ciaran?- sonrió con malicia -Cuídala bien hasta entonces. Me muero de ganas de verla crecidita- a Ciaran se le llenó la mirada de terror -Ahora... tras la lección al gordo sudoroso de Attalion... ¿Alguien más quiere debatir sobre mis tributos?- hubo un gran silencio -¡MOVED EL PUTO CULO Y TRAEDME EL ORO, MALDITOS SEAIS, U OS SACARÉ LAS TRIPAS A TODOS!- tronó su voz y la playa se despejó en un instante, en un alboroto en busca de las monedas doradas. Dorren respiró con calma y se relajó, observando el poder que ejercía sobre el pueblo de Muriel. Vael, tras su padre adoptivo, se preguntaba con labios sellados y mirada sombría, comprobando al malherido y casi desangrado Attalion, qué clase de protector hacia semejantes monstruosidades. Mientras, Nyr que había acabado de escribir, se guardó el hueso del dedo como recuerdo y acudió junto a Vael para cogerle de la mano como una buena chica. Vael sentía la sangre en la mano de Nyr. Cerró los ojos y esperó que todo acabara deprisa, que nadie más se resistiese. Que pronto despertara de ver semejante pesadilla.

miércoles, 19 de julio de 2017

El despertar de La Sombra

Las pequeñas llamas danzaban sobre la cera de las velas que se consumían tan despacio como el tiempo se sucedía para el anciano que, despacio, se sentó y con mucha dificultad sobre el taburete de vieja madera. Con un rostro repleto de arrugas y una cabeza casi carente de cabello, tomó una viejísima pluma a la que profesaba un enorme cariño y la mojó en tinta. Estaba nervioso. Altas horas eran en la noche y no podía dormir. Sentía, de alguna forma, que le vigilaban. Ojos austeros, ojos oscuros y apagados que no podía discernir en la penumbra, no dejaban de recorrer su casi esquelética figura. Tosió. Estaba enfermo. Casi se desgañitó tratando de no derramar sangre sobre el viejo papiro que tenía en frente. Alucinaciones, quiso decirse. Sólo eran delirios causados por la enfermedad. Debía distraerse y para ello, siempre recurría al mismo ritual que su buena y dulce madre le aconsejó y enseñó: escribir. Escribir era la mayor puerta, así como leer, para escapar del mundo, de la realidad, para adentrarse en lugares inexplorados donde él siempre sería el primero. Habían pasado más de 60 años de aquello y aún la recordaba, con los cabellos oscuros como la noche cayéndole en cascada junto a una hermosa sonrisa clara. El anciano sonrió con una gran ternura, tanto que casi se le aguaron los ojos. Suspiró con fuerza, se remangó un poco la manga derecha de su camisón blanco y se preparó para escribir aquella historia tan maravillosa que tantas veces había oido, aquellas historias sobre el origen de un mundo que aprendió a adorar... y a odiar

[Skyrim OST - Dawn]

-En el principio, hubo luz y oscuridad. En el principio hubo bien y mal. En el principio, estuvo Urdil, amo y señor, ama y señora, soberano y soberana. Una entidad sin sexo, sin título, más que un nombre, el nombre del todo. Ello era todo cuanto existía, todo cuanto había eclosionado en el caos, en lo insondable, del gran huevo vacuo que era lo que llamaban mundo, la tierra, Eregon. Y en su soledad, el Todo, Urdil, dio a luz. De su gracia nacieron la hermosa y romántica Seana, de sus deseos nació la sensual y cautivadora Aklys, de su serenidad vino Ecat y, de su sueño, vino el único hombre, Ardum.

Así, la celestial descendencia de Urdil tomó el cascarón que había sido cuna del Todo y queriendo complacerle, dieron forma y adornaron este lugar, dieron luz y oscuridad, dieron mar y tierra, dieron vida y muerte a nuestro hogar, Eregon. Ecat fue quien tomó primer partido, fue quien anduvo sobre la tierra baldía. Y de su cálida piel al caminar brotaron hierbas, árboles, flores de mil colores. De sus suspiros nacieron las aves, de sus caricias los ciervos, de su risa los lobos... de ella, venía la naturaleza. Aklys trajo la muerte, inevitable, a seres que no conocían el sentido de la inmortalidad, pues Ecat no era Urdil, el Todo, que era capaz de crear para que nunca desapareciera. Las hermanas trabajaron codo con codo para mantener un equilibrio, aunque Aklys era tan apasionada y gozaba tanto de la destrucción, que a veces el cielo se llenaba relámpagos que se ligaron, de forma inevitable, a los gemidos de placer de una deidad salvaje que alcanzaba el apogeo del placer cuando esgrimía su poder. Finalmente estuvo Seana... y junto a ella, Ardum. Ambos hijos de Urdil, hermanos a la vez que no lo eran, aprendieron a amarse de una forma que no se amaban las otras dos. Pues la vida y la muerte, Ecat y Aklys, se tocaban la una a la otra con cada minuto que pasaba, siempre unidas, siempre enlazadas, mas Seana y Ardum comprendieron un sentimiento que no pudieron explicar, mas él era un fuego irremediable, aterrador, que destruía lo que no debía, enfureciendo a Ecat y a Aklys. Seana era inmune al toque igneo de Ardum, pero era ella quien le hería si sus pieles se rozaban. De ese modo, Ardum decidió que no podía estar en Eregon y ascendió hacia donde no dañara la obra de sus hermanas, tomando la forma de una radiante esfera de luz que iluminaba el mundo. Y así lloró Seana durante eones, en los confines del mundo, por un amor que nunca pudo cumplir, mirando a un cielo azul y brillante por su amado Ardum. Nacieron de ese modo los mares de sus lágrimas sin fin, danzantes y hermosos como los ojos de la dama, que cansada de llorar, se internó en las aguas que fueron sus lágrimas. Y anduvo entonces hacia el horizonte, fundiéndose con las aguas, mientras veía sonriente cómo Ardum descendía desde el cielo para encontrarla. Allí, en la fina linea que dibuja el límite de la vista, el Ardum el Sol se encontró con Seana la Oceánica, en el llamado crepúsculo. Ardum desde entonces se alza débil y argenteo, del color de la plata, tras encontrarse en el seno de su amada, a lo que hoy llamamos luna...- la mano del anciano cesó en su escritura, sonriente, hasta que las velas se apagaron. La sonrisa se borró de los labios del hombre, que supo en seguida que no era un buen presagio, pues no corría viento alguno. Ipso facto, se llevó una mano al corazón. Se quedó sin aliento.
-Cuentos y leyendas con más mentiras que verdades...- siseó una voz abismal, una sombra en la oscuridad -Llegó la hora, Dagoran- sentenció -El rey ha regresado...- musitó mientras el anciano, Cathor Dagoran, se desplomaba sin vida y con ojos vueltos sobre el escritorio. En el cielo se formó una terrible tormenta.

15 años después...

El Chico y el Espectro del Rey

A la luz de una velita Vael pasaba las páginas del libro con una asombrosa maestría, pues leía con avidez a pesar de que era la 26º vez aproximadamente que se leía ese mismo libro de historias y leyendas de Eregon. Aún así, le fascinaba cada detalle que se narraba en el libro y el suave mecido del navío en el que navegaba ayudaba con creces a crear un ambiente relajante, siempre y cuando no le pillaran con el libro entre las manos. Por lo general, era lo bastante avispado como para encontrar un buen escondite para poder leer tranquilamente, pero en otras ocaciones, se adentraba tanto entre sus letras que no era capaz de sentir siquiera que tras él había unos ojillos brillantes contemplándole -Sabes que padre va a darte de azotes con la espada si te pilla- dijo la graciosa voz de una jovencita de 10 años
-¡Joder!- exclamó Vael, dejando caer la vela y el libro. Afortunadamente las llamas no tocaron el papel encuadernado -Nyr...- suspiró -¿Por qué no estás dormida?-
-Eso podría preguntarte yo ¿No?- la niña afiló la mirada. Era joven sin duda, pero espabilada como pocas. Su padre, y el padre adoptivo de Vael, Dorren Marduk, capitán del barco, se había ocupado personalmente de ello -¿Otra vez con cuentos de viejas chochas?-
-Qué sabrás tú...- bufó el muchacho, recogiendo el libro y poniéndose en pie, asomándose por la borda para mirar el mar nocturno, apenas iluminado por la luna -Una mocosa que no sabe apreciar un libro. De hecho ¿No sabías leer, no?- se burló
-Sé hacer muchas cosas, Tontoel- se enfadó, llamándole por el ridículo nombre con el que lo bautizó. A fin de cuentas no dejaba de tener 10 años y a veces la imaginación no le daba para más -¿Te enseño alguna?- sonrió
-Deja esos humos, Nyr... eres una niña-
-Padre me ha enseñado ¡Y dice que debo hacerlo!- Vael sabía muy bien a qué se refería
-¡Tienes 10 años! Ni siquiera tienes tetas y ya vas vacilando de lo que sabes hacerle a un hombre-
-Y a una mujer- puso los brazos en jarra -Dice padre que es mi mejor arma- Vael arqueó una ceja
-Me pregunto cómo te habrá enseñado ese viejo...- no continuó la frase
-Si imaginas que me ha enseñado haciéndome cosas te equivocas- negó con la cabeza -Soy su dulce hija, nunca me haría mal. Sólo me lo ha explicado o enseñado con fulunas de Puerto Umbra- sonrió orgullosa
-Sigo pensando que no es una buena... educación... para una cría-
-¡Vete a la mierda, Tontoel! Tendré 10 años pero soy toda una mujer ¡También puedo patearte el culo usando una espada!-
-¡No grites!- chistó Vael
-Bueno, bueno, bueno...- dijo de pronto una voz, saliendo subiendo de la bodega -Resulta que dos ratitas se han escapado y corretean por cubierta-
-¡Padre!- la niña corrió hacia Dorren y lo abrazó con fuerza. El capitán pirata, desaliñado y mal afeitado, acarició los cabellos de la niña
-¿Por qué no te vas a dormir, preciosa?-
-Tontoel me estaba provocando-
-¿Y no le has provocado tú antes?- dijo con mirada significativa, sonriente. La había oido -Te dije que con él, no- aleccionó -Vael no es un hombre al que debas embaucar. Él es tu hermano. Siempre estará de tu lado sin necesidad de que lo sometas-
-Me gusta someter- infló los mofletes -Me gusta que hagan lo que digo- Dorren rió
-Aún eres pequeña, Nyr. En unos años serás más mayor, tendrás atributos que sólo tiene una mujer adulta y entonces será cuando realmente te hagan caso- se arrodilló hasta su altura
-Pero los hombres me hacen caso. Bolag, Merron, Ulthier...-
-Te hacen caso porque son mis marineros- rió Dorren, despeinándola -Y saben que si te desobedecen les cortaré los huevos y...-
-...se los tirarás a los tiburones- rió graciosa la jovencita
-Eso es, cariño. Ahora anda, ve a dormir. Papá va a hablar un poco con Vael- la niña asintió, miró por ultima vez a su hermanastro y regresó a la cama.

-¿Me bajo los pantalones?- preguntó Vael de mala gana
-Sí, pero para que te la meta por el culo- lo agarró del cuello de la amplia camisa andrajosa que llevaba -¿Tú no aprendes, no?- dijo amenazante -Te he dicho mil veces que nada de merodear por la noche por el barco... y menos para leer ese estúpido libro una y otra vez-
-Sí, capitán...-
-"Sí, capitán" los cojones, muchacho- lo soltó con un empujón -¿Se puede saber qué te pasa? Casi he perdido la cuenta de los años que hace que te acogí en mi navío y últimamente no haces más que comportarte como un completo gilipollas-
-¿Por querer leer?-
-¡Por querer leer esa mierda!- señaló el libro -Eres el único a parte de mí que saber leer en este puto trozo de madera flotante y lo malgastas con mamarrachadas del Pentagon e historia pasada ¿Qué? ¿Quieres ver al Nigromante, chico? ¿Quieres ver dragones? ¿Es que sueñas con poder ver alguna vez a los titanes de Itherwen?- Vael suspiró
-Son sólo historias... que me gusta imaginar-
-Vael, hijo...- Dorren le apretó un hombro -Imaginar es divertido, está bien... pero ya no eres un niño. Como Nyr pronto dejará de ser una niña. Necesito tu cuerpo descansado y tu mente despejada. Somos piratas, chico. No podemos permitirnos dormirnos en los laureles. Nunca sabemos cuando podemos encontrarnos con una embarcación militar, ni puedes desembarcar mirando al cielo queriendo ver criaturas de fantasía mientras soldados armados se te acercan por todos los flancos- Vael suspiró y Dorren le agarró con más énfasis, mirándole a los ojos con amabilidad -Sé que soy un viejo gruñón y aún lo seré más con el paso de los años, Vael, pero debes entenderlo. Si quieres navegar a mi lado, si quieres formar parte de esta familia que es el Reinolibre, debes madurar y crecer- tras un breve momento de silencio, Vael asintió -Dame el libro, hijo- Vael se lo entregó, para finalmente ver cómo su padre adoptivo lo arrojaba por la borda -Bien- sonrió -Bienvenido de nuevo a casa, Vael- le dio un par de palmadas en la espalda y se marchó a la bodega -¡Y ven a dormir!- ordenó.

Vael, sin embargo, aguardó sobre cubierta un buen rato. Asomado por sobre la borda, por donde el libro había caido. Sentía que había perdido algo importante, pero se sabía las historias de memoria. Sin embargo, aceptaba las palabras de Dorren. Debía terminar de crecer. Fortalecerse, endurecerse. Ya conocía las historias, ahora sólo necesitaba seguir viviendo para poder comprobar alguna vez si eran realmente ciertas -Sé que lo has visto y oido todo- musitó a la nada, a la quietud del viento, que casi parecía haberse detenido -No lo echaré de menos-
-Estoy seguro- dijo una voz algo distorsonada en principio para finalmente tomar forma tras él. Un cuerpo neblinoso y brumoso comenzó a tomar forma hasta adoptar la forma de un hombre adulto, alto y fornido, envuelto en una raida capa marrón y una capucha. Su barba era lo poco que asomaba de la sombra de la capucha, que envolvía su rostro en tinieblas -Aunque si quieres que lo recupere...-
-No hace falta- sonrió
-Siempre puedo volver a contarte esas historias yo mismo. Al menos las que he vivido- dijo con tono amable, aunque la voz aún sonaba algo espectral, con un eco fantasmagórico
-Eres amable como siempre Ardras pero... no. Es hora de hacerme un hombre- se separó de la baranda
-Ya lo eres Vael. Te he visto crecer. Y lo seguiré haciendo-
-Es irremediable- se encogió de hombros Vael con tono jocoso -Estamos inevitablemente unidos por un lazo sabe Urdil por qué-
-Yo también lo desconozco, ya lo sabes. Aunque afortunadamente, podremos encontrar la forma de solucionarlo-
-No sabía que era una molestia para ti- sonrió Vael
-Una molestia horrenda. Ojalá estuviese enlazado a una dama joven y bella, de voluptuosos pechos y trasero redondo. No me importaría dormir abrazado a ella-
-Tú no duermes Ardras. Eres un espectro-
-Yo no pero ella sí- rió
-Viejo verde...- rió también Vael, relajándose por el encuentro con Dorren
-¿Se puede saber con quién hablas?- preguntó una voz desde las escalinatas a la bodega. Vael miró por un instante al hombre y después miró hacia Ardras, que estaba ahí cruzado de brazos
-Sólo cantaba una canción- mintió Vael
-Pues calla los putos morros y ven a dormir de una vez, cojones. Si Dorren tiene que volver a salir te va a romper cada hueso del cuerpo- ordenó el marinero, cansado de no poder dormir por las voces
-Será mejor que obedezcas- Vael asintió
-Buenas noches, majestad- se burló el chico
-Buenas noches- concluyó Ardras, viendo al chico bajar las escaleras hacia los camastros. Ardras dedicó una última mirada al cielo nocturno, repleto de estrellas. Tal y como vino entonces, envuelto en bruma, se desvaneció en cubierta.